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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL                125



               ambos con atención. Fabricius estaba muy inquieto pero procuraba disimu-
               lar su ansiedad. El carrero era la indiferencia en persona.
                  Con sigilo saqué mi pistola del cinto y con un gesto indiqué a mi mujer y
               a mi hija que hiciesen lo mismo. En los benditos tiempos de la revolución ,
                                                                             33
               ambas habían estado obligadas a aprender el manejo de armas. Me enten-
               dieron de inmediato y se pusieron en posición de tiro, con la serenidad del
               que está acostumbrado a hacer frente una y otra vez a peligros inminentes.
               Ni Fabricius, quien seguía acuciando al carrero, ni el mismo carrero se per-
               cataron de esto.
                  —Fabricius  —dije—,  lo  mejor  sería  volver.  —Quise  que  mis  palabras
               sonasen tranquilas pero sonaron gélidas.
                  —Doctor, atienda bien lo que le digo, caramba, pienso lo mismo que
               usted.
                  —¿Pero usted no conoce el camino?
                  —Caramba —balbuceó—, no sé dónde estamos.
                  —¿Al menos tendrá una idea aproximada? —preguntó mi mujer con voz
               temblorosa.
                  —Señora, creo que en la Pampa del Infierno.
                  Con más fuerza empuñé mi pistola.
                  —Fabricius, ¿ya estuvo alguna vez aquí?
                  —Doctor, no conozco esta región.
                  Di un respingo. La pistola saltó y tocó la sien de Fabricius. “¡Usted nos
               quiere secuestrar!” grité, ronco de cólera. La mano del gallego voló al cinto.
               Con la rapidez del rayo, mi mujer le apoyó la pistola en la nuca y lo inmo-
               vilizó. Fabricius seguía sentado, inmutable, observándome fijamente, y su
               mirada me decía que no mentía. “Caramba, doctor, usted debe haber leído
               muchos relatos de Sherlock Holmes. Preste atención a lo que le digo: no
               me gusta, caramba, escuche bien, no me gusta que la gente me sacuda la
               pistola delante de las narices. Mi Dios, doctor, atienda bien: lo que usted
               supone es falso, pero es posible que este desgraciado esté maquinando
               algo.” La expresión de Fabricius, mezcla de orgullo herido y miedo, era tan
               sincera que le creí.
                  “¡Atrás!” grité al oído del carrero, que no reaccionó y siguió castigando
               a los exhaustos caballos. De pronto sucedió algo que nunca habría espe-
               rado del enjuto barón von Fabricius. Cansado de que el hombre ignorara
               sus advertencias, lo tomó con gesto rápido por el cinto, lo alzó y lo arrojó
               al camino volando por los aires, mientras tomaba las riendas y hacía dar la
               vuelta a los caballos.
                  De pronto el gallego recuperó el habla. Aseguró con vehemencia que
               era inocente y admitió haberse extraviado. Le quitamos las armas, lo senta-
               mos entre nosotros y desandamos el camino al galope. Pero esto no duró
               más de media hora pues cayó la noche inesperadamente, como suele su-
               ceder en las regiones subtropicales. Además, durante los últimos diez mi-
               nutos casi no habíamos avanzado, porque los caballos estaban extenuados
               después de una marcha ininterrumpida de más de doce horas. Nos detu-


               33    Estará refiriéndose a los años de la posguerra en Alemania, con sus revueltas y guerri-
               llas; véase el comienzo de la narración. (N. de la E.)
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