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           y otras tres familias encontráramos una hermosa pampa de mil hectáreas a
           dos leguas escasas de Charata, rodeada de un gran bosque sin desmontar,
           una parcela ideal. La ocupaba un santiagueño que dijo que le pertenecía,
           pero que estaba dispuesto a vendérnosla por seiscientos pesos “casa y
           pozo incluidos”.
              Le dimos cien pesos y el terreno fue nuestro. El pozo bien valía los cien
           pesos pues contenía agua potable de excelente calidad, cosa rara en el
           Chaco. Muy satisfecho, cabalgué de regreso a Charata con mis compañe-
           ros, entre ellos un tal barón von Fabricius.
              El barón von Fabricius era todo un personaje. No dudé ni un instante
           de que fuera un barón de verdad, aunque no sé si se llamaría Fabricius.
           Nos  dijo  que  había  sido  oficial  ruso  en  tiempo  de  los  zares,  lo  que  nos
           pareció creíble dado su porte formal y mundano. Aún entrechocaba los
           talones al saludar o dirigirse a las personas, y hablaba un alemán castizo
           y sin dialectismos, como lo hablan los rusos. Los alemanes deberíamos
           aprender de ellos lo bella que es nuestra lengua materna. Era un perfec-
           to  caballero,  siempre  pulcro  e  impecable  en  el  vestir  —hasta  donde  su
           miseria económica lo permitía—, recién afeitado y de buen humor, máxi-
           me cuando había tomado algo de alcohol, lo que siempre era el caso.
           Era un genio para pedir dinero prestado. No debe haber habido nadie a
           quien no debiese algo. Desde un comienzo se nos había acoplado y, la
           verdad sea dicha, nos caía bien a pesar de su fanfarronería. ¡Porque era
           un fanfarrón de aquellos! El guardabosques mayor de las Hojas Volantes
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           y Münchhausen  eran niños de pecho comparados con él. Decía las co-
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           sas más inverosímiles sin movérsele un pelo. Acostumbraba empezar las
           frases, aun las más nimias, con las palabras “Atienda bien a lo que le digo,
           caramba, escuche bien…”. Según él, hacía unos cuantos años que resi-
           día en el Chaco y lo conocía muy bien. Fue quien nos mostró la hermosa
           pampa, y hablaba bien el castellano. Por todo ello, cuando se ofreció a
           acompañarnos, las cuatro familias que componíamos el grupo aceptamos
           gustosamente. Nos dijimos que podría sernos útil, aunque más no fuese
           que para pasar el rato.
              El individuo oriundo de la colonia del Cabo que estaba ejerciendo la pro-
           fesión de médico —sin serlo— antes de llegar nosotros a Charata me hizo
           la vida imposible desde el primer momento, pues temía ser desplazado. Ya
           la primera noche se acercó a la fonda alemana, como siempre en estado de
           total embriaguez. Yo estaba ocupado dando los últimos cuidados a la mujer
           accidentada. Sin saludarme, se acercó a la cama, y pretendió revisarla sin
           lavarse previamente las manos. Me presenté a él y le expliqué cortésmente
           que estaba todo solucionado y que volver a revisarla sería más perjudicial
           que  beneficioso.  Vociferó:  “¡Esterilidad,  esterilidad!”,  hizo  que  le  trajeran
           una botella de alcohol puro, la miró durante un rato y luego… la empinó y

           29    Fliegende Blätter (Hojas Volantes), nombre de un semanario ilustrado que apareció en-
           tre 1845 y 1928 en Alemania, con caricaturas, poesías y relatos humorísticos. (N. de la T.)
           30    Barón de Münchhausen: militar alemán que se alistó en el ejército ruso en el siglo XVIII.
           Participó en campañas militares y luego narró historias inverosímiles sobre sus aventu-
           ras. Se alude a él cuando se habla de individuos jactanciosos, bufonescos y mentirosos.
           (N. de la T.)
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