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TODO COMIENZO ES DIFÍCIL 135
Fabricius me expresó sin rodeos su admiración por lo que habíamos
logrado durante su ausencia. Agregó que hubiese deseado que yo volviese
con él a Charata pero entendía que mi estancia en el lugar era “divina”, y
quiso saber si podía visitarme cuando sus negocios se lo permitieran. Le
respondí que contara con mi permanente hospitalidad e hiciese frecuente
uso de ella. Agregó que al día siguiente ajustaría cuentas con el malhechor
y regresaría luego a Charata para atender sus negocios. Le rogué que no
hiciese tonterías, porque el sujeto no merecía que se manchase las manos
de sangre por su culpa.
“¡Preste bien atención a lo que le digo, caramba! ¡Escuche bien, querido
doctor, ya le dije que tengo que ir con este tipo a Charata, ¿creyó que me
refería a que iría con su cadáver?”
Nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente antes de clarear ya estaba Fabricius en pie. Me
desperté cuando lo oí hachando leña en el bosque. “¡Hombre!”, me dije
“¿a qué se debe tanto afán?”. A su regreso, yo ya había preparado el mate
y mi familia se había levantado. El carrero se mostraba un poco abatido.
Parecía desconfiar de alguien y de algo. Fabricius tomó tranquilamente su
mate; luego se levantó, extrajo el revólver y se lo refregó al gallego por las
narices. Mi mujer y mis chicos lanzaron un grito de terror, pero Fabricius
se limitó a decirle “vamos”, mientras hacía un gesto tranquilizador con la
mano en dirección a mi mujer. Pero el carrero vaciló y esto sacó a Fabri-
cius de sus casillas.
“¡Por Dios, Fabricius!”, dije escandalizado. “¡No pensará pegarle un tiro
aquí delante de nosotros!”
Fabricius me aplacó y se limitó a invitarme a acompañarlos para mos-
trarme cómo se procedía en el Cáucaso con esta chusma. Me ahorro los
detalles. Sea como fuere, lo forzó a confesar sus fechorías y logró que
firmara una declaración, que redactamos a las corridas. Luego llevó al con-
victo y confeso carrero de vuelta a Charata.
Quiero recalcar que el gallego admitió que había sido sobornado por el
médico y el farmacéutico, y había tenido toda la intención de asesinarnos o
dejar que sucumbiésemos en aquel paraje a cambio de hacerse con nues-
tras pertenencias.
Después de ocho días Fabricius regresó, cargado de provisiones y su-
culentos manjares. Venía acompañado por el comisario de Charata. Aun-
que sin motivo, me hizo sentir un poco tenso. Pero el comisario no fue más
allá de tomarnos declaración y levantar un acta. Naturalmente, no hicimos
mención del interrogatorio “a la Caucasus” al que el gallego había sido
sometido.
Al informarme sobre la suerte del belicoso carrero, supe que cuando era
transportado a Resistencia, capital del Chaco, “intentó fugarse y fue muerto
a tiros”…
La presencia de los policías respondió, además, a otro motivo: el de lle-
varse preso al viejo González. Lo lamenté sinceramente. Bien es cierto que
era un cuatrero, pero con nosotros se había portado como un buen amigo.
Ocho días más tarde supe que González había muerto en la cárcel de
Piñedo, víctima de una pulmonía. Tuve fuertes sospechas de que esa “pul-

