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ENTRE LO REAL Y LA FICCIÓN: LUIS FERNANDO RUEZ EN EL CHACO  43



               cultivar una quinta: “En primer lugar, nadie aquí come verduras, y además
               ya hay suficientes quintas como para cubrir lo que necesita toda la zona”.
               En un detallado resumen de las adquisiciones de primera necesidad, tal
               como aparece en tantos otros testimonios oficiales y privados de la época,
               se refiere a un capital de 4.000 pesos , que considera necesario para que
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               pueda asentarse una pareja de colonos con hijos adultos “y no estar con-
               denados a la esclavitud o la mendicidad”. Ruez y su familia probablemente
               se pudieron salvar de este destino porque él había importado un cuantioso
               equipaje con bienes móviles que usó para el trueque.
                  En su evaluación, sujeta al tiempo, es aún más fuerte la diferencia de cómo
               percibe a la población nativa. Mientras aún vivía en el Chaco no habló jamás
               de una natural “hospitalidad cálida” (Ruez 1955: 507; “Comienzo”: 132), de
               obsequios recibidos (id.), “amistad más noble” (ibid.: 508) o “ayuda más
               abnegada” (id.) de parte de puesteros y santiagueños. Esto lo testifica una
               réplica suya a la descripción, según su punto de vista demasiada positiva,
               de la pequeña colonia El Puca, situada lejos al norte de Charata, realizada
               por el corresponsal del AT, Schwaderer. Vale la pena citar un párrafo de
               su carta de lector en el AT del 12/12/1923 , como contrapartida al aislado
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               idilio que representa en “Todo comienzo es difícil”:
                     Más allá de las desventajas que trae consigo una distancia de más
                     de 10 leguas de la estación, esta gente [alemanes que se habían
                     asentado allá “pese a todos los consejos”] se ubicó en la región de
                     los puesteros, que ahora se oponen a ser de vuelta desplazados, sal-
                     vo que los tontos de los gringos les compren la tierra. Pero comprar-
                     la tampoco termina de cuajo con los problemas. Lo sé yo mejor que
                     nadie, ya que tuve que lidiar durante bastante tiempo con los pues-
                     teros de aquella zona lejana —en su mayoría santiagueños— como
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                     agricultor diletante . Más allá de la tendencia de saquear al recién

               19    Solo remitimos como ejemplo un documento oficial de la Secretaría Imperial de Mi-
               graciones (Reichswanderungsamt), que contiene en forma confidencial para los represen-
               tantes en Alemania una circular acompañante, que detalla los importes necesarios para el
               comienzo de los colonos en la colonia General Necochea: Jung, Rundschreiben Nr. 426,
               4/1/1922. BArch R 1501/101715a.
               20    Es la solicitada del doctor Ruez: “Eingesandt. «El Puca». Charata, im Dezember 1923”.
               AT 12/12/1923. Un tenor antisemita se insinúa cuando escribe que la “inmigración masiva
               de familias polacas judías” en Charata se caracteriza por el hecho de que “todas abren
               enseguida sus pequeños negocios”.
               21    Subrayado nuestro. Un parecido llamativo salta a la vista en el texto de Schanderl
               (véase nota 6, impreso del gobierno alemán): “En el Gran Chaco se poblaron regiones,
               cuyos suelos desde los orígenes no habían sido arados ni habían generado plantas culti-
               vadas, donde solo vivían temporariamente indios nómades y donde puesteros mestizos
               vivían cómodamente el día al día. Un decreto del gobierno hizo sin consideración que los
               criadores de animales tuvieran que salir de allí y los inmigrantes debían asentarse según
               su propio criterio en tierras no mensuradas, en superficicies arbitrariamente delimitadas.
               Allí se podía ver flamear alegre una vieja camisa gastada u otra prenda de vestir de color
               claro, en señal de «dominio». Cada colono debía defender personalmente sus «señales
               de dominio» contra intrusos. Se vivían allí verdaderas movilizaciones y marchas de todos
               los conocidos, amigos y parientes que amenazaban con la mayor cantidad de revólveres,
               municiones y sables posibles”.
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