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138              KARL OENIKE. TRAD. REGULA ROHLAND


                     Vida y actividades en las llanuras

                      y los saladeros de Sudamérica            14

           En noviembre, cuando el cielo [europeo] se cubre de nubes azules y la na-
           turaleza se viste con su traje de invierno en su circuito siempre cambiante
           del devenir y del perecer, festeja su resurrección en las llanuras del Plata,
           que se extienden desde las orillas del Océano Atlántico hasta los Andes,
           se expanden en el sur hasta las estepas pedregosas de la Patagonia y son
           limitadas en el norte por los bosques de palmeras del Brasil. Tal como yace
           extendida esta amplia llanura, presenta al ojo el fascinante aspecto de un
           mar, cuyas olas aparecen congeladas, cuyos límites se pierden en el aire
           gris azulado del más lejano horizonte y se destacan en refl ejos ocasionales
           numerosos espejismos maravillosos. Se refl ejan los pastos como bosques
           de gran extensión, un solitario rancho se ve como un palacio suntuoso, con
           altas murallas, torres erguidas y almenas y unos pocos vacunos u ovinos se
           convierten en un gran hervidero de personas y animales. Un maravilloso no
           sé qué se extiende a través de la melancólica uniformidad del paisaje, algo
           poético, que agita el alma con un temblor sagrado, de modo que, movidos
           por un anhelo de la lejanía informe, imposible de expresar, quisiéramos co-
           rrer en un caballo ligero, igual que el gaucho que agita su lazo, en pos de los
           maravillosos espejismos que se refl ejan por doquier en las capas de aire.
              El paisaje se muestra atractivo como una novia cuando en primavera,
           en el momento de desarrollo de las más frondosas plantas, se adornan
           con el nuevo verde los bosques, uniformes, verdes y tenebrosos, las orillas
           de los ríos y la tierra estéril. Es cuando la infi nita llanura se desarrolla ante
           nuestra vista como un incomparable tapiz de pastos en el que se han tejido
           las más diversas fl ores de colores magnífi cos. Los pastos forman la parte
           más importante de la fl ora de la pampa, pero crecen en ella como en trozos
           de césped separados, cual si fueran arbustos, entre los que van creciendo
           las multiformes plantas y yuyos que abren sus fl ores en todos los colores
           y formas imaginables. Saludamos entre ellos a numerosos hijos de la fl ora
           europea, que han llegado allí por voluntad propia y que en muchos lugares
           incluso han desplazado la vegetación autóctona, ante todo en el entorno de
           poblaciones. Solo en las orillas de los ríos se ven sauces, aromos y otros ar-
           bustos, mientras que las pampas mismas solo tienen muy escasos árboles,
           de modo que hay gran carencia de madera.
              En estas estepas uniformes un interesante mundo animal conforma el
           elemento móvil, en especial durante la primavera. Avestruces jóvenes –los
           ñandús pichones del verano anterior– salen fl aquitos de sus escondites en-
           tre los altos juncos para pastar igual que ellos entre los rebaños de vacu-
           nos, y manadas de los pequeños ciervos de la pampa se juntan con ellos.
           El tejedor cuelga su nido parecido a una bolsa en las puntas de ramas a


           14  Subtítulo “Con ilustraciones de Karl Oenike”. Trad. Regula Rohland. Se publicó sin
           nombrar el autor del texto, en Illustrierte Zeitung 102/2658 (9/6/1894): 623-627 con el
           título “Leben und Treiben auf den Steppen und in den Saladeros Südamerikas. Mit Illus-
           trationen von Karl Oenike”.
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