Page 142 -
P. 142
140 KARL OENIKE. TRAD. REGULA ROHLAND
tienen poca carne. Pero de Don Fermín dicen que tiene hermosos anima-
les, porque el año pasado no ha podido vender. Se originó disputa en la
entrega y el negocio se deshizo. Se dirige directamente a lo de Don Fermín,
20 leguas de camino y el sol es fuerte en diciembre. Cambia caballos dos
veces, el mate es todo lo que lo refresca en la extensa cabalgata. Ya se está
poniendo el sol cuando fi nalmente llega a la estancia que está sobre una
colina. Pero le espera una decepción: su colega y competencia Bianqui ha
llegado media hora antes y ya ha concluido el negocio. Qué momento de
desazón, ha perdido la fl or del departamento, su rival festeja su triunfo. Los
cueros gruesos y fuertes se le han perdido a nuestro tropero, ¡qué desgra-
cia! De pésimo humor abandona enseguida la estancia. Pasando más allá, a
la orilla del arroyo se levanta en la noche una pequeña fogata, en una ollita
ennegrecida se cocina una parca comida, fi nalmente, empero, el cansancio
vence a nuestro tropero y… mañana es otro día.
Al alba se encamina hacia lo de Olivares, cuya mujer Ignacia es su co-
madre y es amiga. Los animales de Olivares llevan una muy conocida mar-
ca de hierro y son igual de conocidos como la marca de sus caballos. Con
él, nuestro tropero tendrá suerte. Está pagando 14 pesos bolivianos por
cada ternero de tres años, 18 por algunos animales especiales pesados
y 10 por vacas para faena. Pero el tropero es astuto. Doña Ignacia es una
gran fumadora, le lleva seis cigarros auténticos Upmann, lo mejor que ha
podido hallar. Ha pagado un dólar por cada uno. Los ojos de Ignacia brillan,
su marido no sabe nada de esto. Él recibe una botella de la más fi na gine-
bra, que es su preferida. El negocio entonces no se prolonga más. Upmann
y la ginebra han hecho su efecto, se cierra el pacto. Con la destreza de un
negociante inglés extrae él su chequera con talonario y extiende el cheque.
Una vez apartados los animales, el tropero se encamina ahora hacia el
saladero. A la cabeza, antes de los vacunos, se pone en marcha un grupo
de bueyes que direccionan. Les siguen los mil animales semisalvajes, a los
que mantienen juntos media docena de gauchos que los rodean a caballo.
Se marcha de día y de noche, [los hombres] no alcanzan casi a devorar de
vez en cuando un trozo de carne semicocida y a tomar el mate, mientras
que se abrevan los animales. Cada momento de desatención es peligroso:
un pájaro que levanta vuelo, un ruido inesperado podrían dispersar la tropa
totalmente, y en la tierra no hay poder alguno que pudiera retener a los
asustados vacunos. Es horrible cuando se desata una tormenta, cuando
relámpagos luminosos iluminan la negra noche y bajan con estruendo a la
tierra. Ya no hay entonces quién pueda parar a los animales que tiritan por
el susto. Así como la ola alzada tira abajo todo al romperse y vuelca todo,
así los animales corren sin control, arrastrando consigo a caballos y jinetes
que caen y vuelcan. A la mañana siguiente, animales con el cuello quebrado
señalan la dirección que tomaron en la noche desatada. 1.000 onzas de oro
se han dispersado en todas direcciones. En la estancia vecina se cambian
los caballos exhaustos por otros frescos. A los pocos gauchos que sal-
varon sanos sus huesos les ayudan otros en la búsqueda de los animales
dispersos, y luego de tres días de arduo trabajo se volvió a reunir la mayor
parte del ganado y se sigue viaje, lentamente pastando. Hay que pasar un
río, y aquí vuelven a perderse algunos animales al aglomerarse en la fuerte

