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VIDA Y ACTIVIDADES EN LAS LLANURAS Y LOS SALADEROS DE SUDAMÉRICA  141



               corriente. Se adelantan los confi ables bueyes guía, los gauchos cubren los
               fl ancos y ayudan a los animales que están por hundirse. En este hervidero
               se destaca el coraje de los indómitos hijos de la pampa.
                  Después de una marcha de 8, 14 o 20 días fi nalmente se llega al salade-
               ro y el rebaño es llevado al fi rme cerco de los corrales que se parecen a los
               boma  [en Sudáfrica]; de allí ya no hay escape posible.
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                  Se entregan los jornales a los peones y ellos al poco tiempo gastan
               lo que han ganado. Regalan una parte de su dinero a las chinas de ojos
               negros y piel morena, se compran pañuelos de seda, rojos y azules, agua
               de lavanda, cigarrillos, una camisa y un poncho. Ya se esfumó el peque-
               ño “haber” y con frecuencia quedará un importante “debe” en el libro del
               almacenero.
                  El tropero realiza su informe y el saladerista lo trata con mucha cortesía
               y atención. En muchos casos el porvenir del saladero depende de tener
               buenos troperos, en su falta de experiencia puede hallarse la causa del fra-
               caso. Por esta causa los establecimientos grandes, tales como la empresa
               Kemmerich, que transforma por año a más de 100.000 vacunos en extracto
               y peptona  de carne, emplean muy pocos de estos singulares hombres de
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               confi anza. Es que estos necesitan de larga experiencia para conocer las
               exigencias del establecimiento y conocer bien la zona y sus habitantes, ya
               que el radio de acción abarca varios cientos de leguas cuadradas en las
               que deben conocer bien los caminos, los cauces de agua y todas las casas
               y alambrados.
                  Por cierto, esta gente también gana de acuerdo a lo realizado. Pero
               lo que el tropero ganó con su duro trabajo durante la temporada –que no
               suele durar más de seis meses– vuelve a perderse de sus endurecidas ma-
               nos en invierno. Es entonces el bonachón padre de familia, se ocupa de su
               mujer y los hijos y juguetea con sus sucios pibes. Compra caballos nuevos
               y vacas lecheras, hace arreglos en su rancho, lo techa de nuevo y le agrega
               un cuarto cuando la familia se agranda. Su mayor orgullo son los caballos,
               las espuelas de plata, los estribos y buenas armas, su alegría.
                  Después de 10 a 15 años de esta cansadora vida llena de peligros el
               tropero está gastado, a menos que entre tanto un gaucho malo lo haya
               asediado en las cañas. La vida siempre al aire libre, las duras condiciones
               del clima hacen que el tropero se vuelva pronto achacoso. Lo acosa el reu-
               matismo, anda tosiendo y gasta en emplastes más que en naipes cuando
               era joven. Se le encarga entonces la administración de una estancia, en la
               que los animales comprados engordan con el buen pasto. Así los grandes
               mataderos mantienen una reserva de miles de vacunos. La Sociedad de
               Extracto de Carne Kemmerich posee siempre 75.000 vacunos que se pre-
               paran para la faena en campos de 80 leguas de extensión.



               15  boma son corrales usados en el sud de África que protegen las poblaciones con palos
               hundidos en la tierra uno al lado del otro, parecidos en su estructura a los que se usan en
               el campo argentino.
               16  La palabra “peptona” procede del griego πεπτός, cocido, digerido. Se trata de alimentos
               de absorción directa, sin ser procesados por el aparato digestivo.
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