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DE LAS BIOGRAFÍAS DE UN LIBRO. EL PINTOR DE LA SUIZA ARGENTINA  43



               serie de escritores jóvenes por la revista Gente: Esther Cross, Sergio Bizzio,
               Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Juan Forn, Marcelo Figueras, Charlie Fielding,
               Gabriel Bañez, Martín Rejtman, Daniel Guebel, Luis Chitarroni (2024: 54-
               55). Según Buch fue la decisión de poner en escena en tanto narrador a un
               joven periodista lo que infl uyó en esta recepción; fue “una decisión literaria
               que hizo que a menudo se haya hablado del libro como de una novela, a
               pesar de que no tiene nada de fi ccional. Para esa no fi cción, buscaba un
               tono más dramático y más transparente que una denuncia impersonal.”
               (2024: 49). Además del modo narrativo, la deliberada intención del narrador
               de no resolver aquello que aparece como un enigma, como vimos, es decir
               el carácter multifacético de Maes y su propia relación con su pasado y su
               actuación como colaboracionista nazi, su vínculo a la pintura y a la comuni-
               dad de Bariloche, contribuyen a acercar el relato a una novela de misterio,
               como lo proponía ya Luis Chitarroni en la contratapa original.
                  En cuanto a la tapa, la edición original reproduce el autorretrato de Maes
               que fi gura en un ángulo del cuadro que el narrador considera como su obra
               maestra, “Via Crucis”, reproducido en la página 102 de la edición original
               (página 196 de la de 2024). La autorrepresentación, la mano roja como man-
               chada de sangre apoyada sobre un libro, reenvía a dos momentos del relato;
               por un lado, a la escena inicial, la de la muerte de Maes, donde el narrador
               recuerda: “…siempre me impresionó su dedo índice, ese que al pintar que-
               daba rígido como un arma” (1991: 9; 2024: 101); por otro, al capítulo “El
               místico”, donde se evoca la creencia en la reencarnación de Maes y su grupo
               de adeptos a un círculo místico, anónimos, todos convencidos de haber co-
               nocido a Cristo en una vida anterior (1991: 120; 2024: 214). Para el narrador,
               es esta creencia en la reencarnación lo que permite a Maes “operar sobre
               la Historia” (1991: 121; 2024: 215). Se trata, podemos agregar, de uno de
               los argumentos principales usados por los nazis para justifi car su adhesión
               a esta ideología: justifi car la participación en el nazismo como un deseo de
               “hacer la Historia” . La presencia inquietante del autorretrato de la Maes
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               en la tapa de 1991 es resignifi cada al ser insertada en la nueva edición, en
               tamaño reducido; el color frío dominante es neutralizado por un color cálido
               (ladrillo) dominante. También la reproducción de los cuadros de Maes , en
                                                                          11
               blanco y negro, y en baja calidad, contribuye a la transformación del texto en
               documento; si la elección respondió probablemente a razones fi nancieras en
               la edición de 1991, en la de 2024, es deliberada, como lo especifi ca Buch en



               10  Fue, por ejemplo, el argumento usado por Hans-Robert Jauss: “Lo que me decidió a
               entrar en la Waffen-SS no fue realmente la adhesión a la ideología nazi. Hijo de un institu-
               tor, perteneciente a la pequeña burguesía, era un joven que quería conformarse a l’air du
               temps. Dicho esto, mi lectura de La decadencia de Occidente de Spengler, un autor prohi-
               bido por los nazis, me había vuelto escéptico acerca del imperio de Hitler. Pero con otros
               futuros historiadores –pienso en mis amigos Reinhart Koselleck y Arno Borst–, teníamos
               en común la voluntad de no quedar al margen de la actualidad: había que estar presente
               sobre el terreno, allí donde la Historia se hacía, y en particular en la guerra. A nuestros
               ojos, lo contrario hubiera sido una manera de encerrarse en una actitud estética mientras
               nuestros camaradas de clase arriesgaban su vida”. Ver Louis 2007: 296-297.
               11  Los cuadros están reproducidos en las páginas 29, 60, 102, 106, 116, de la edición de
               1991, y en las páginas 122, 154, 178, 196, 210.
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