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SOBRE EL TRATO CON LOS INDIOS                113



                 A petición mía, desensilla los animales, los mete en el corral y luego entra en
              la cocina con dos niños pequeños.
                 –¿A quién traes ahí?
                 –Mis hijos, señora.
                 A cada lado del hombre han tomado asiento en un banco dos hombrecitos.
              El más chico calculo que tendrá ochos años. Hay espuelas en miniatura en sus
              pies, es gracioso. Enseguida me hago amiga de ellos en la medida en que lo
              permite su agotamiento.
                 –¿Ustedes también son del Palmar o del pueblo?
                 –Del Palmar, señora –dice el mayor con voz masculina–, salimos de casa hoy
              a las tres de la mañana.
                 Miro el reloj, son las diez. Los niños estuvieron viajando diecinueve horas.
                 –¿Es posible? –exclamo, sin poder reprimir mi admiración por semejante
              proeza–. ¿Ustedes vinieron cabalgando todo el camino?
                 –Hubiéramos llegado antes, si no hubiéramos tenido un negocio en el pueblo.
                 Entretanto, el locro ya está caliente y el agua para el mate empieza a humear.
              El más pequeño aún no ha terminado de comer cuando su cabeza resbala por
              el hombro del papá y se queda dormido.
                 –Creo que le has exigido demasiado a tu pequeño vaquero –le digo al hom-
              bre, señalando a su hijo, que desaparece cada vez más tras la espalda de su
              papá.
                 –Le exigí demasiado... –ríe él–. Mis hijos ya han hecho otras cabalgatas muy
              distintas.
                 –¿No prefieres mandar a tus hijos a una escuela? No sería tan agotador.
                 –Señora –respondió el hombre, y había una gran dignidad en sus simples
              palabras–, nosotros somos unos pobres arrieros, y mis hijos no pueden ser otra
              cosa. ¿Para qué voy a hacer que aprendan a leer y escribir? Ellos deben ser
              excelentes troperos.
                 Después de esas palabras, le mostré su catre, en el cual se acostó con sus
              hijos debajo de unas pieles de oveja.
                 A la mañana siguiente, al amanecer, cuando me levanté, ya estaban los tres
              sentados junto al fuego tomando mate.


              Sobre el trato con los indios 32

              Si alguien quiere ofender mucho a un mestizo, lo llama indio. Un criollo, cuando
              quiere hablar despectivamente de su enemigo, dice: "No es cristiano, es indio".
              A pesar de que, o quizás precisamente por el hecho de que no se puede disi-
              mular que en las venas de la mayoría de los chaqueños y santiagueños corre
              sangre indígena, hablan de ellos con desprecio, los consideran capaces de
              cualquier fechoría y marcan una rigurosa diferencia estamental. Uno de los peo-
              nes que trabajaba en la  estancia estaba casado con una india hermosa y




              32   Trad. R. Rohland de Langbehn, revisado por Beatriz Romero.
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