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114 ILSE VON RENTZELL
agradable, pero ella, en perjuicio propio, había adoptado costumbres urbanas.
Esto lo observó un cineasta, se entusiasmó y pidió a la mujer que pasara ante
sus cámaras con sus hijos, ataviada según la costumbre indígena. Para conven-
cerla hizo falta que aplicase toda su diplomacia durante tres días enteros, hasta
moverla a que finalmente accediera. Ella no quería seguir siendo indígena.
Desde que se comenzó a hacer carbón en la estancia, solían emplearse
cincuenta indios para cortar leña. A partir de ese momento, Vicente, que llegaba
en las tardes para ordeñar, aparecía armado de un gran palo. Su casa estaba
donde termina el algodonal y recorría la distancia en escasos diez minutos.
–¿Qué pensás hacer con este horrible palo? –le pregunté una noche cuando
volvió al galpón de ordeñe, donde lo había dejado.
–Ay, señora –me contestó–, nunca se sabe qué podrá pasarle a uno.
–¿Decís por un tatú, una yarará o un zorro? –(Sabía por nuestro chacarero
por qué Vicente estaba armado con un palo, pero quería escucharlo de su pro-
pia boca.)
–Hay mucha gente que camina de noche por el campo. Podría darse que
uno se lo cruce–, dijo Vicente.
–Pero en el corto camino hasta tu casa, no creo, ... y tan cerca del casco–,
le contesté.
–No sabés, señora. Los indios son malos. ¿Por qué empleás a este gente?
–Pero Vicente, ¡esto te lo imaginás vos o te lo han dicho los correntinos!– dije,
sabiendo que Vicente es oriundo de Entre Ríos y orgulloso de serlo.
–Ay, señora, el otro día al caer la tarde de repente apareció uno detrás de un
tronco y se dirigía hacia mi casa. Si no lo hubiera amenazado enseguida con el
cuchillo, seguro que me habría asesinado y robado a mi señora.
Hay que haber visto el rancho de Vicente para darse cuenta de cuán curiosas
son estas sospechas y comprender lo ridículo de esta afirmación. Consiste de
dos paredes livianas de paja que se apoyan entre sí y es tan bajo que hay que
arrastrarse de rodillas para entrar. También hay que conocer a su mujer, una
vieja triste y achacosa de ojos lacrimosos e inflamados y piel apergaminada y
ennegrecida por el humo. ¿Por qué iría a robar el indio justo en este rancho, en
el que no se encontraba siquiera una olla? Pero lamentablemente, estas ideas
existen y están condenados al fracaso todos los esfuerzos por convencer a la
gente de lo contrario.
Muchas veces y en lapsos regulares llegaban indios a la casa para ofrecerme
sus tejidos. Por lo general pertenecían al pueblo de los vilela, que forman una
etnia lingüística especial junto con los churupí. Se caracterizan por su aspecto
prolijo y aseado, y también resultaron eficaces cuando más adelante se los
empleó en trabajos estables en la estancia. La cocinera, una chaqueña de tez
amarillenta como un membrillo, estaba hecha una furia por mi trato amigable
con ellos. Este trato consistía nada más que en pagar bien sus trabajos y en que
yo no dejaba de expresar mi admiración por sus labores manuales. Me profeti-
zaba: "Un buen día, cuando estés sola en el patio, te van a sacrificar." Pero como
se ve, hasta el día de hoy estoy en perfecto estado de salud. Jamás se permi-
tieron faltarme el respeto. Para hacer notar su presencia batían las manos, que-
dando de pie muy lejos de la casa. Algunos ni siquiera se animaban a dar esta
señal y esperaban pacientes horas enteras, hasta que por mí misma los percibía.

