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110 ILSE VON RENTZELL
–¿No ves? La gallina –dijo, lo cual probablemente significaba algo así como:
¿ves que tenía razón con el pollo ese?
Eso dijo con dureza y desdén, y trepó al pescante del carro, donde el her-
mano del difunto se aseguraba de que Juan apuntara con los pies al objetivo.
¿Por qué? Porque de lo contrario Juan tendría que levantarse de su tumba para
pasear por nuestro patio.
Pero, por Dios, el pollo no volvió a cacarear nunca más después de aquella
noche.
Chinas y chinitos
La Petrona es una mujer descuidada. No solo se nota por el pelo, siempre des-
peinado, que le cuelga en mechones de la cabeza; también por los trapitos,
eternamente manchados y andrajosos, que le cuelgan del cuerpo. ¡Y también
por el marido se nota, que de todos los peones es el que tiene un aspecto más
miserable, a pesar de ser el que recibe el salario más alto! Se nota por los dos
hijos, llenos de mugre y de piojos, que se buscan uno a otro, tirados en el polvo,
semidesnudos. Pero sobre todo se nota por el libro de cuentas, lleno de man-
chas de grasa, que yo siempre agarro con las puntas de los dedos callando mi
horror. Petrona tiene bocio y labios anchos. Lo más curioso es el cutis, en el que
no se ven poros, tirante como una piel de goma de color marrón amarillento,
más claro en los pómulos y azulado debajo de los ojos. Ramón es el esposo
número vaya uno a saber cuánto. De los primeros maridos tuvo tres hijos de
quienes se fue deshaciendo poco a poco. Uno se lo dejó a la madre de su actual
marido, dos dicen que los vendió. La hijita Mecha, si no estuviera descuidada,
llamaría la atención por su belleza.
Un día viene a verme Ramón con cara de sufrimiento y se queja de que su
madre se está muriendo. Dice que necesita dinero y unos días de vacaciones.
Antes que nada tengo que aclarar lo endeudado que está; es que Ramón gasta
mucho más de lo que gana, sobre todo porque su mujer gasta mucho. Sé cómo
es capaz de mentir esta gente, sospecho que se trata de una treta y vacilo en
complacerlo. Él debe darse cuenta de lo que pienso, se pone rojo y se hace el
ofendido de manera convincente. Imagino una miserable choza de barro, una
anciana enferma sin ayuda. Mi corazón decide, y Ramón, visiblemente aliviado,
se marcha en su caballo. Al día siguiente, me manda decir con el lechero que
deje que su familia vaya también a despedirse de la moribunda.
Al cabo de tres días, reaparecen todos en escena. Ramón viene a trabajar
con un equipo deportivo de última moda. Me doy cuenta de algo.
–Bueno –le pregunto–, ¿cómo está tu madre? ¿Murió?
Me mira un instante asombrado. Asombrado, porque probablemente no com-
prenda qué sentido tendría seguir con su juego de mentiras. Sin duda no puede
imaginar que yo haya creído lo que me dijo, luego describe en detalle la enfer-
medad y me asegura cómo espera la muerte hora a hora.
Fueron días excepcionalmente calurosos los que siguieron a su escapada.
Sin embargo, los niños aparecieron con gruesos suéteres de lana nuevos,
medias largas y zapatitos de charol, ellos que normalmente, incluso en el intenso

