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EL POLLO QUE CACAREA                     109



              y los toros que bramaban bajo el sol ardiente del mediodía. "Esa condenada
              mujer…", susurré furiosa para mis adentros, mientras levantaba el pasador del
              portón sin desmontar. Esa condenada mujer… Y ya sentía en mí la agitación de
              tener que preparar a toda prisa el almuerzo amenazando con diluir los hermosos
              ecos de la cabalgata de la mañana.
                 Al otro lado del patio veo al lechero que viene corriendo hacia mí. Es extraño,
              porque el chico es deficiente mental y normalmente se mueve con dificultad. Me
              grita algo desde lejos, pero no le entiendo. Con su pelo hirsuto, su mano retorcida,
              su boca siempre abierta, se parece a un bufón medieval. Al fin nos encontramos.
                 –Señora, señora, Juan se murió.
                 –¿Tú eres loco? , ¿cómo se va a morir?
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                 Pero su cara de susto lo dice todo. Le doy un latigazo a la Zaina y salgo a
              todo galope para la choza nueva de Juan. A mitad de camino escucho los ala-
              ridos de su esposa. Salto del caballo, veo a Octavia detrás del rancho, con el
              vestido cubierto de manchas oscuras de sangre, y entro corriendo.
                 Atravesado en el catre, sentado y reclinado hacia atrás, yace Juan, con la
              vista fija en las vigas del techo, como si estuviera meditando. De la comisura
              derecha de la boca le cuelga una gotita de sangre, de la que varias moscas
              intentan alimentarse con la trompa. Su pálido rostro se ha vuelto verde amari-
              llento. Si siempre había tenido una expresión espiritual, ahora parece comple-
              tamente desmaterializado. No hay duda, Juan está muerto. Una hemorragia,
              diagnostico, y voy a ver a la mujer.
                 Hasta las nueve Juan había estado cavando en la chacra de algodón, luego
              hizo señas y la mujer le llevó agua. Se quejó de que estaba muy cansado y se
              apoyaba en ella mientras caminaban despacio hacia el rancho. Cuando Juan se
              acostó en la cama, le salió sangre de la boca y cayó muerto hacia atrás sin decir
              palabra.
                 De repente, cuando concluyó su relato Octavia se puso a gritar otra vez
              dando muestras de estar asustada. Su hijo pequeño la miraba con asombro,
              pero como no entendía qué pasaba, siguió jugando feliz con un trozo de madera,
              su auto, arrastrándolo con una cuerda.
                 Los peones velaron al cadáver sobre dos mesas puestas una junto a la otra,
              que habían traído de la cocina. Había dos velas encendidas. Una en la cabecera
              y otra en los pies, pegadas en dos tazas puestas al revés. Lo cubrieron con una
              sábana blanca. Así yacía, limpio y delgado, igual que cuando estaba vivo, sobre
              las mesas. Luego todos volvieron a trabajar. Uno fue a caballo al pueblo para
              avisar a los parientes.
                 Hasta el anochecer hubo silencio en el patio. Pero cuando la luna afilaba
              espadas de luz en las copas de abanico de las esbeltas palmeras, y   un lejano
              pero claro rodar se acercaba audiblemente, volvieron a brotar, repentinos y
              entrecortados como cascadas, los estridentes gritos de la garganta de la esposa
              de Juan. Seguramente, pensaba que era lo mejor que podía hacer si venían los
              parientes.
                 Cuando quise tenderle la mano para despedirme, ella me ignoró.



              31   La falta sintáctica pertenece al original (dejamos en cursiva las palabras españolas del texto).
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