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          aspecto desaliñado y rotoso. Cada vez me llama la atención la brecha que lo
          separa de los demás.
            Es difícil lidiar con Juan. No quiere trabajar. Tan pronto se niega a colaborar
          en el rodeo y fracasa cuando persigue a los animales que se escapan, como no
          quiere cavar agujeros para los postes que hay que reemplazar porque los rom-
          pió el toro vecino. Por fin parece haber encontrado una ocupación satisfactoria
          arrancando la maleza en la pequeña chacra de algodón. Desde su puesto de
          trabajo, les dispara a los tordos de los durazneros del huerto contiguo. Eso hay
          que valorárselo, porque de lo contrario no tendríamos duraznos para navidad.
          Pero, sobre todo, soy tan indulgente con Juan porque ayuda a ordeñar de noche.
            Su esposa es todo lo contrario de él. Tiene mucho talento para las cosas
          mundanas, decidida, trabaja enérgicamente, librando a su Juan de todas las
          tareas. Su carácter, mandón, testarudo, anula cualquier otra iniciativa dentro de
          su territorio soberano. Es cocinera en mi casa. Hace básicamente lo contrario
          de lo que se le encarga. Pero cuando se le pide cuentas, afirma rotundamente
          que fue eso y no otra cosa lo que se le mandó hacer. Está tan firme en este
          mundo que me siento bastante insegura a su lado. No tardo mucho tiempo en
          cerrarme todas las puertas con ella, por no permitir que maten a la gallina que
          cacarea todas las noches mientras ordeñamos.
            –Tienes que matar a ese pollo –me ordena. (En el Chaco, los peones tutean
          a sus patrones.)
            –¿Por qué? –pregunto sin comprender.
            –Alguien morirá en esta casa, si no matan ese pollo.
            –Nunca he oído algo así, no puedo creerlo –le respondo con impaciencia–.
          ¿Y cómo se supone que encontraremos a la gallina correcta? Todas están en lo
          alto del árbol por la noche. No puedo matar a todos los pollos.
            Todas las noches en el tambo, cuando los gallos cacarean, a eso de la una,
          el pollo degenerado sigue barboteando junto con ellos. Es un cacareo distorsio-
          nado, pero se reconoce sin lugar a dudas que intenta ser un cacareo. Y cada
          noche siento entonces la mirada de odio que me lanza la esposa de Juan. Al
          final, la tensión entre nosotras se vuelve demasiado grande. Se declara en
          huelga, ya no quiere trabajar más en una casa donde toleran que haya un pollo
          que cacarea, y se retira rencorosa con su esposo a uno de los ranchos de los
          obreros de los alrededores. El hombre sigue trabajando en silencio en la chacra,
          rogándome con la mirada que perdone la terquedad de su esposa… Ese es el
          golpe más duro que puede darme Octavia, porque no hay nada más sencillo y
          trivial que la prosaica cocina de las pampas del norte argentino. Al menos, la
          firme mujer sigue viniendo a la noche a ordeñar.
            Hasta ese punto habían llegado las cosas, cuando una mañana al amanecer
          monté mi caballo, la Zaina, para participar en el rodeo.
            Una mañana de octubre me envolvió con el frescor de la primavera y el res-
          plandor de un día de pleno verano. ¿Quién podía pensar en ese momento en
          los disgustos cotidianos, en el maldito pollo y los caprichos de la suerte? Yo, al
          menos, olvidé todo eso, incluso que a las once, cuando regresara a casa, des-
          pués de haber estado montando desde las cinco de la mañana, tendría que
          ponerme a cocinar para la gente. Recién volví a recordarlo cuando llegué al
          portón del patio, cansada de la fantástica cacería entre los perros que ladraban
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