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          chas de Estados Unidos, que produjo una sobreoferta en el mercado del
          algodón. Para salvar al agricultor se debían retirar varios millones de pacas, a
          fin de poder mantener ese precio ya de por sí muy bajo. En Chaco, ese año la
          cosecha fue un completo fracaso en Charata, donde viven muchos colonos
          alemanes. En las colonias de Machagai se cosechó hasta una tonelada y media
          por hectárea, al igual que en el área de Resistencia, lo cual da pruebas de una
          buena cosecha. Por lo tanto, los precios antes mencionados cubrieron el costo
          de la siembra, solo parcialmente el costo de vida durante todo el año, y no
          dejaron un centavo de capital para el nuevo año.
            Muchos colonos, desanimados por este fracaso, abandonaron sus chacras.
          Eso no ocurrió solo en el Chaco. Se calcula que se cultivó un 8 por ciento menos
          de algodón en Estados Unidos. Los que se mantuvieron fieles al algodón con-
          taban, en consecuencia, con un aumento de precios. ¡Qué decepción cuando
          a comienzos de la cosecha de 1927 se ofrecía la friolera de 150 pesos! Los
          recolectores, que hasta entonces recibían de 9 a 10 pesos por cada cien kilos
          de algodón recogido, ganaron solo 5. El declive económico era generalizado y
          se mantuvo hasta la inundación del Misisippi. Luego, el algodón comenzó a
          aumentar. Como en Estados Unidos se temía una carestía, varios millones de
          pacas de la sobreproducción del año anterior fueron lanzadas al mercado, man-
          teniendo así estable la oferta en 280-300 pesos. La cosecha de ese año fue de
          mediocre a pobre debido a una sequía prolongada en enero y numerosa pre-
          sencia de orugas. La mayoría de los colonos, que esperaban saldar aquel año
          las deudas contraídas el año anterior, estaban aún más acorralados. Muchos
          no encontraron otra alternativa que abandonar sus cultivos después de perder
          su capital.
            En 1928 se presentó el siguiente panorama: al comienzo de la cosecha se
          pagaban 250 pesos. En abril y mayo, el precio subió a 335 pesos por tonelada
          para luego empezar a descender, hasta que en agosto solo se ofrecían 240-280
          pesos por los mejores productos. En las cercanías de Machagai y en la zona del
          Paraná se recogió hasta una tonelada y media, en la desafortunada Charata, en
          cambio, solo se cosecharon 300 kilos por hectárea.
            Estas consideraciones acerca de los últimos años son suficientes para res-
          ponder negativamente la segunda pregunta: si el precio del algodón es tan alto
          que, a pesar de todas las pérdidas y malas cosechas, se justifica el afán de
          cultivar. Las oportunidades de ganancias de ninguna manera compensan los
          sacrificios de salud y trabajo que debe hacer el algodonero germánico. Causa
          gran indignación que una publicidad sin escrúpulos siga atrayendo nuevas fami-
          lias a las zonas algodoneras. Pues la oferta del Chaco no tiene ninguna influen-
          cia para compensar los fracasos locales aumentando los precios en el mercado
          mundial. La cantidad producida en el Chaco es escasa. No tiene relevancia en
          el mercado mundial (se estima en 80.000 hectáreas la superficie cultivada). Sin
          embargo, hasta ahora la calidad aún no se ha especializado, es decir, no se ha
          logrado producir una longitud de fibra ni una consistencia particular; tampoco
          se crearon las condiciones básicas para introducir un tipo de semilla uniforme,
          de modo que ni siquiera con la denominación "algodón del Chaco" pueden
          obtenerse precios. El colono de las provincias del norte de Argentina depende,
          pues, de la oferta del mercado mundial.
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