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          El oro blanco


          ¿Quién no conoce este lema, acuñado seguramente en Estados Unidos, que
          llegó también al continente hermano del sur? Por este lema, una corriente de
          inmigrantes entró en el Chaco y otras provincias del norte de Argentina, con la
          esperanza de un futuro asegurado. ¡Y qué pocos tuvieron éxito!
            Ya una sequía de semanas o meses reseca los campos y el algodón deja
          caer hojas y cápsulas; ya los ríos, alimentados por las aguas de deshielo de la
          cordillera y las lluvias tropicales del norte, crecen e inundan todas las zonas
          ribereñas ahogando muchas plantaciones de algodón; ya vienen langostas u
          orugas y lo devoran todo, hasta que solo quedan tallos en las chacras. Pero el
          lema lo encubre todo, los inmigrantes vienen y piensan que están en condiciones
          de cultivar algodón. Aunque fueran excelentes agricultores, necesitarían conocer
          mejor las tareas pertinentes. Los alemanes afroorientales y los rumanos , los
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          italianos y los rusos, los suabos y los gallegos, de todo el mundo llegan bajo un
          mismo lema: "algodón".
            Pero el algodón es una planta delicada y solo produce rentabilidad cuando
          recibe los cuidados adecuados. En mayo o junio, el agricultor debe comenzar a
          labrar la tierra. No solo debe concentrarse en airear bien la tierra, sino sobre
          todo en preservar la mayor cantidad posible de la humedad natural del suelo,
          pues esta es la condición básica y el secreto del éxito. Hay que arar dos veces.
          En mayo y luego de nuevo en agosto. La primera época del año es climática-
          mente favorable para inmigrantes germánicos, ya que es invierno, y la tempera-
          tura diurna se mantiene entre los 10 °C y los 25 °C. Pero ya con la segunda
          arada, en agosto, la situación cambia por completo. Entramos en el período más
          seco del año. Las temperaturas se elevan cada día más. En septiembre no es
          raro que se registren 35°, pero también puede llegar a 40°. El sol pega constan-
          temente sobre animales y seres humanos. Es la época en la que los bueyes
          deben cambiarse, si es posible, cuatro veces al día. Mientras dura la labranza,
          el agricultor está envuelto en una opaca nube de polvo. Cubierto de sudor y de
          polvo, con los ojos inflamados por la claridad destellante y la polvareda en la que
          se tropieza todo el día, se tambalea, exhausto, al atardecer hacia su choza. Por
          lo general, un embotamiento absoluto y un fatalismo proverbial en el Chaco



          26   La autora está llamando la atención sobre la inmigración desde la antigua colonia alemana
          en el sudoeste de África, Tanzania. Curiosamente, la otra autora que presentamos en este
          tomo, Franziska von Scheele-Willich, había estado durante varios años en la otra colonia ale-
          mana, la actual Namibia, donde conoció a su marido y procedentes de la que encontró en
          Charata a otros inmigrantes que habían colonizado África del Sudoeste. Con los alemanes de
          Rumania se refiere a pobladores provenientes de Transilvania. En el Cuaderno del Archivo 4
          (2018: 125-130) Cecilia Gallero presentó a Rotraud Wieland, una alemana de Transilvania que
          emigró con su marido a Misiones, luego de la Segunda Guerra Mundial. El Rey Andrés II de
          Hungría otorgó privilegios especiales a los sajones en Transilvania con el Diploma Andreanum
          de 1224, incluyendo el autogobierno bajo una guía real. Según la señora Wieland, el rey Andres
          II llamó a los sajones para poblar la "pura selva", como un modo de frenar las invasiones del
          este, de los hunos; los suabos del Banat fueron mucho más tarde, durante el Imperio Austro-
          húngaro, a esa zona, más al suroeste de Rumania. Aquí la referencia es a una emigración
          anterior con el mismo trasfondo histórico.
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