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SOBRE LA RENTABILIDAD DEL ORO BLANCO            103



              de bajar las grandes bombas del techo del cobertizo y con los pulverizadores
              en la espalda recorrer las hileras de plantas pulverizando. El sol quema la cabeza
              y la solución le carcome a uno la ropa. Pero no hay tiempo para pensar, hay que
              darse prisa, de lo contrario en la plantación solo quedan varículas, nada más. Y
              además uno está feliz de poder trabajar. Peor es cuando llueve. Entonces no
              sirve de nada pulverizar, ya que la lluvia enjuaga el veneno. En ese caso no queda
              más remedio que ver cómo engordan las orugas, cómo las plantas se van que-
              dando sin hojas y cómo se estropea el trabajo de tantas semanas. Uno se ve
              en la grotesca situación de estar maldiciendo la lluvia que normalmente, en pleno
              verano, es vista como el néctar celestial de los dioses.
                 Alternando estas experiencias tan agradables, llega el momento de la cose-
              cha. Es el último obstáculo espinoso por el cual se malogra cierto éxito pecu-
              niario. Hay colonos que viven lejos de la estación de tren más cercana. Los
              recolectores de algodón se niegan a salir hasta ahí, aunque se les ofrezca un
              beneficio monetario. La desconfianza de la información que se les da y las difi-
              cultades del retiro los mantienen alejados. Entonces puede ocurrir que uno tenga
              algodón pero no pueda cosecharlo todo, sobre todo si solo hay brazos europeos
              disponibles. Las cápsulas maduran y se abren, y brota el copo nevado, tan
              limpio y apetitoso. Es un gran placer ver ese éxito de un largo año. Pero cuesta
              una enorme cantidad de trabajo continuo que, dadas las dificultades descritas
              y las cambiantes condiciones climáticas, los europeos del norte no son capaces
              de realizar a largo plazo.


              Sobre la rentabilidad del oro blanco


              Al inmigrante que va al Chaco como colono se le asignan cien hectáreas de
              tierra si tiene una familia. De esas cien hectáreas, entre cuarenta y cincuenta
              son tierras cultivables; el resto son montes y pastizales. Esos montes y pastiza-
              les no son suficientes para mantener la cantidad de ganado necesaria para
              asegurar el nivel de subsistencia mínimo de la familia. Por lo tanto, quien va al
              Chaco debe tener bien clara una cosa: depende exclusivamente de los ingresos
              de la venta de algodón. Para plantar suficientes batatas y maíz para el sustento
              básico apenas queda tiempo, dada la constancia de los cuidados que requiere
              el algodón. ¿El cultivo de algodón garantiza la subsistencia? He aquí la pregunta
              que debemos plantearnos si queremos analizar correctamente la situación de
              los pequeños colonos. Del capítulo anterior se desprende con claridad la can-
              tidad de peligros que amenazan el rendimiento de los cultivos. Así pues, quien
              va al Chaco para producir algodón arriesga su futuro, especula con él.
                 La segunda pregunta que se plantea de inmediato es la siguiente: ¿es tan
              alto el precio del oro blanco que, a pesar de todas las pérdidas y las malas
              cosechas, se justifica el afán por cultivar? Veamos: si al final de la cosecha el
              colono contabiliza sus gastos en materiales y mano de obra, obtendrá un ingreso
              promedio de 200 pesos por tonelada. La oferta de algodón ha variado en los
              últimos años de la siguiente manera: en el año 1926 se pagaban 250-280 pesos
              por tonelada al comienzo de la cosecha. Luego, el precio fue cayendo lenta-
              mente a 180 pesos. La reducción de precios se atribuyó a las excelentes cose-
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