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LECHO NOCTURNO 99
apartarse así de la realidad! Pero por los oídos penetran hasta el cerebro silbidos
vibrantes, estridentes, como si sonaran cientos de silbatos de vapor. Aturdida
por el sueño, vuelvo a aguzar los oídos, abro los ojos. ¡Ay!, los grillos, esas chi-
charras, ¿dónde estarán? Todo el aire parece estremecerse con su tono agudo
y estridente. A veces, esos chillidos parecen ceder y luego aumentar de volumen
al máximo, pero nunca cesan. Una inquietud y una ligera agitación despierta
aquel extraño sonido. Es imposible que me invada el sueño con la insistencia de
ese ruido. Los ojos comienzan a escudriñar la oscuridad, el oído a examinar
cada sonido. A mis pies aparecen pesadas copas de árboles redondas, a mi
derecha, la pared de cal blanca de la casa flota entre la sombra oscura del techo
y el color gris tierra del suelo. El perfil rígido de un viejo cactus se recorta sobre
el cielo en mi cabecera. Por encima de mí se dibujan los cuadrados de la parra.
¿No se mueve algo entre las hojas? Baja crujiendo por el poste y se arrastra en
el suelo. ¿Una serpiente? El corazón me late atormentado, asustado por el silen-
cio de la noche, el calor sofocante del aire. Un animal lanza un grito de dolor.
Las ovejas en el corral a mi izquierda, aterrorizadas, se precipitan hacia un rincón
y aguzan el oído. Oigo su respiración entrecortada... Me incorporo sin aliento en
mi cama. ¿No hay unos ojos, fijos en mí? Vuelve a acostarte, dice mi mente, es
el bochorno de esta noche tropical. ¡Cómo me arden los párpados! Estoy ago-
tada.
Sobre el bosque parece soplar viento. ¿O es solo un murmullo en mis oídos?
¿Será el cansancio lo que me confunde? Una ráfaga de viento revolotea sobre
mí. Levanto la cabeza y oteo el horizonte. En el sur y en el norte, se elevan muros
muy oscuros con una velocidad asombrosa. Todavía empapada de sudor,
empiezo a temblar bajo las ráfagas de viento que se hacen más frecuentes.
Subo la manta que está a mis pies hasta los hombros. Seguramente ahora
vendrá lluvia, ahora que comenzaba a hundirme en la inconsciencia del sueño.
Mi mosquitero comienza a hincharse como una vela, el viento ruge entre los
árboles, el techo de chapa de la cocina golpetea. Luego, silencio de nuevo.
Solo un sonido a la distancia, similar al bramido sordo de olas que rompen.
Amanece de a poco. En el horizonte centellea. ¿Y si pasa la tormenta? ¿Tendré
que volver adentro?
Me acurruco en el catre y escucho el salvaje canto de la tormenta que
resuena cada vez más cerca y más fuerte. Las latas de maíz vacías revolotean
por el patio con un quejido metálico, algunas tejas de palmera caen del techo
del gallinero, el concierto de chapa se convierte en un salvaje redoble de tam-
bores que me deja casi sin aliento. El viento arranca el mosquitero, que sale
volando hecho jirones. Y luego se acerca rodando y se traga las cercas a mi
alrededor, la silueta del rancho al lado, una enorme pared de polvo, ancha y
oscura. Los árboles crujen, la parra vibra, caen hojas y trozos de madera. La
arena y el polvo se abaten sobre mí, se me pegan a los ojos, rechinan en mi
boca, cubren toda la cama y me hacen picar la piel. Se oye un portazo. El perro,
asustado, le ladra al aire revuelto...
Unas grandes gotas caen con un chasquido. Recojo a toda prisa mi cama y
huyo a la habitación. Noto un calor sofocante al entrar. Pero ¿qué importa eso
ahora? En el techo de paja resuena una lluvia maravillosa y ya comienzan a caer
gotas en la palangana dispuesta bajo la zona dañada desde mucho tiempo atrás.

