Page 104 -
P. 104

102                      ILSE VON RENTZELL



          van aquí en detrimento de su fortuna y de su salud. Si no se pueden cambiar
          las condiciones económicas y el inmigrante nórdico no puede mantener mano
          de obra nativa para la época más calurosa, son demasiado grandes los sacrifi-
          cios que hace para tener una perspectiva muy incierta de un ingreso dudoso.
            En este momento del combate contra las malas hierbas, al agotamiento por
          el calor se le suma el de las plagas. Después de las lluvias de primavera, proli-
          feran los mosquitos que echan a volar en nubes a medida que uno atraviesa las
          hileras de plantas de algodón, porque durante el calor del día permanecen en
          el reverso de las hojas. Se abalanzan sobre el peón y no lo dejan en paz. Vienen
          los jejenes, cuyas dolorosas picaduras hacen hinchar las manos y los pies, y los
          polvorines , que vuelan a los ojos y a la boca, y lo ponen a uno nervioso con
                  29
          su intrusiva presencia.
            Así se avecina el pleno verano, y con él un gran número de plagas del algo-
          dón, algunas de origen animal, otras de origen vegetal. Por plagas de origen
          animal se entienden los daños provocados por insectos; los otros son de natu-
          raleza bacteriológica. Al cavar la tierra, se ven de repente huecos en la siembra
          y se descubren las hormigas cortadoras de hojas que se llevan los brotes jóve-
          nes. Llegan las primeras noticias del norte que informan que se han visto lan-
          gostas. Cuando ese mensaje flota en el aire, el colono sabe que una vez más la
          cuestión es ser o no ser, todo está en juego, porque las langostas son muy
          perjudiciales para el algodón. A veces destruyen un campo cultivado en cuestión
          de horas. Por eso uno intenta mantener el control de la situación a toda costa
          tan pronto como se ven las primeras nubes, para evitar que las langostas se
          instalen en los campos de algodón. ¡Qué inofensivos parecen los primeros vue-
          los de reconocimiento! Como si en el aire vibraran unas partículas plateadas,
          pero cuando llegue la gran masa en caravana, el cielo se oscurecerá. Por suerte,
          yo no lo he visto. Entonces se produce un ruido ensordecedor con latas o se
          agitan telas grandes, corriendo de aquí para allá por la plantación para ahuyen-
          tar a las langostas con el alboroto. Después del mes de diciembre, se acaba el
          peligro de las langostas. Llega entonces la época de más calor, de mayor cre-
          cimiento del algodón. El algodón y las malezas se desarrollan maravillosamente
          si reciben una buena lluvia más o menos cada dos semanas y pueden disfrutar
          de un calor constante de día y de noche. Pero por desgracia el tiempo no se
          rige en lo más mínimo por los deseos de los colonos. En enero y febrero, los
          períodos secos son frecuentes. Es fácil darse cuenta cuándo al algodón le falta
          agua. Al principio, las hojas cuelgan sin brillo solo durante las horas del medio-
          día, luego las hojas inferiores comienzan a ponerse amarillas y finalmente se
          caen. Si la sequía dura más tiempo, también se secan los brotes y las yemas de
          las cápsulas. En enero llega la mítica secuela de las plagas. En primer lugar,
          aparece la isoca, una oruga que se extiende por toda la planta y con frecuencia
          se come todas las hojas. Es de color verde claro, con llamativas rayas laterales
          oscuras. Luego está un lepidóptero que en el Chaco se llama simplemente
          oruga, de color verde o marrón. Si durante el deshierbe, que nunca debe cesar,
          uno ve las primeras plantas comidas, ya sabe de qué se trata. Entonces es hora



          29   polvorín: un tipo de jején. En el Chaco abundan diversas especies de este minúsculo insecto.
   99   100   101   102   103   104   105   106   107   108   109