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EL POLLO QUE CACAREA                     107



                 –Con doce cucharadas alcanza –asegura Vicente.
                 Fuera se oye silbar el agua hirviendo. Vicente desaparece y después de un
              rato largo regresa con la pava cubierta de hollín.
                 –Ahora viene el sulky.
                 –¿Verdad?
                 Siento que me sacan un peso de encima. La inquietud que ya estaba hacién-
              dome ver chispas y la montaña que me oprimía el corazón desaparecieron. No
              tardó mucho tiempo en llegar hasta el lecho de la enferma el chirrido de las
              ruedas y el ruido sordo de los cascos. Vicente tomó el mate, lo cebó y se lo
              alcanzó a la mujer mientras yo la sostenía. Luego, finalmente, al segundo trago,
              entró la comadrona. Una italiana. Vivaz, enérgica. Mujer colona de Benítez,
              localidad situada a tres leguas de distancia. Lleva consigo un bolso aplastado
              y anticuado, del que extrae un poco de algodón arrugado, un pequeño trozo de
              gasa y una tijerita común. ¡Esos eran todos sus instrumentos!
                 –¿Qué es eso? –preguntó desconfiada y agresiva, señalando el agua sublimada.
                 –Agua hervida para desinfectarse las manos.
                 –Ah, muy bien, ¿usted también sabe algo de mi ciencia?
                 Se lava las manos e inmediatamente examina a la parturienta, que se agita
              con nuevos dolores.
                 –Calla, hija mía –dice ella sin muchos miramientos–, tu suerte es la suerte de
              todas las mujeres casadas. Yo di a luz a nueve.
                 Y después de lavarse otra vez las manos, se sienta en el borde de la cama,
              y yo tomo asiento en un cajón. Ahora Vicente ceba mate para todos y la mujer
              italiana comienza a hablar de su trabajo como si le hubieran dado cuerda.
                 ¡Qué animado está el ambiente en esa habitación! Nosotros sentados, la
              mujer gimiendo al lado, y desde el rincón donde está el catre de los niños, la
              mirada curiosa de la hija mayor de cinco años. En medio de la habitación hay
              un tronco retorcido, raído, que sostiene el techo. Ahí está colgado el farol, tor-
              cido. En un rincón hay una piel de un pequeño yacaré tendida en un alambre,
              de las grietas de las paredes de barro se ven las acogedoras cabezas de las
              cucarachas, que no se atreven a salir corriendo, porque les molesta la luz.
                 Habremos estado una hora así sentados bebiendo, interrumpidos solo de
              tanto en tanto por un nuevo acceso de dolor de la parturienta, y después la cosa
              se puso seria. Con asombrosa rapidez tenía yo en mis brazos a esa cosita
              marrón, envuelta en una bufanda desgarrada, lloriqueando lastimosamente...
                 –Una hija, felicitaciones –dice la madama. –Caramba –se le escapa a Vicente.
                 Hace una mueca y sale. ¡En el Chaco se desprecia al que tiene una hija mujer!
              Pobre Vicente...


              El pollo que cacarea


              Juan proviene de la provincia de Corrientes. Todavía es joven, unos veintitrés
              años. Discreto, callado y educado, entra en la cocina, donde la gente está
              comiendo: vestido con ropa limpia, bien lavado y con el cabello ondulado
              mojado, peinado desde la frente ancha, espiritual, podría decirse. Así se sienta,
              muy delgado, muy pálido, entre los otros peones que en su mayoría tienen un
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