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          pocas semanas en el trabajo. La causa era el larguísimo camino que había que
          recorrer. Tres horas a pleno mediodía, tres horas por la noche, día tras día y
          noche tras noche. A la larga nadie quería saber nada. Cirilo es el único que
          duró tanto. Probablemente muestra tanta perseverancia porque en su anterior
          empleo solo recibía ocho pesos al mes y muchas palizas. Aquí gana veinte y
          le dan comida. A veces hace una pequeña "changa" y se gana unos pesos
          más.
            Pero aun así sigue siendo bastante triste para él. Cuando llega al patio al
          mediodía un día de verano con viento norte, el calor lo aturde y no puede hablar
          ni responder. Completamente atontado, se queda sentado unos minutos en el
          pescante del carro con la vista perdida, inconsciente. Cuando finalmente se
          levanta a duras penas y baja con dificultad como un sonámbulo, su primer paso
          lo lleva al pozo. Desengancha mecánicamente a los animales, se sienta con la
          mirada ausente frente a su almuerzo, apoyado en ambos codos, y a menudo ni
          lo toca. Sin hablar ni siquiera prestarle atención a nadie, sale de la cocina y se
          desploma sobre los restos de un viejo catre para dormir como una piedra.
            Al atardecer debe recoger los terneros y moler maíz para sus mulas. Tengo
          que llamarlo veinte veces para que se despierte. Aturdido, sale de debajo de su
          poncho y me mira fijo como si no me conociera. Luego se hunde hoscamente
          en su cama, que se encuentra en el cobertizo bajo los cachivaches de hierro,
          máquinas rotas y sacos hechos jirones. No hay forma de saber si está tan des-
          trozado por sus viajes o si es un vago. Los peones culpan a su pereza y se la
          pasan maldiciéndolo. Pero desde el día que anduve en la jardinera, tengo mis
          dudas. Si le preguntan a Cirilo qué edad tiene, no lo sabe, supone que tiene
          dieciocho años. Si le preguntan por su padre, dice que nunca lo vio. Incluso de
          su madre, no tiene ninguna certeza.
            –¿Y entonces con quién te criaste? –pregunto conmovida.
            –Con una mujer que iba de fonda en fonda, bailando y cantando, y me dejaba
          bailar, pero no sé si esa mujer era mi madre.
            Evidentemente lo del baile es mentira, porque Cirilo tiene los pies atrofiados
          y una mano torcida. ¿O tendría que hacer el papel de bufón?
            Curiosamente, Cirilo sabe leer un poco y escribir su nombre. Desde el gran
          llamamiento del gobierno, que obligó a todos los hombres bajo pena de castigo
          a someterse a una autoridad militar, y por el cual hubo que constatar especial-
          mente la identidad de aquellas personas de cuya existencia nadie tenía noticia,
          desde entonces Cirilo se siente hombre. Lleno de orgullo, les muestra a todos
          su documento.
            Ya es tarde. A través de la noche silenciosa, llega claro y audible al oído atento
          el trote de caballos. Los perros ladran alterados y se precipitan hacia la oscuri-
          dad. No tardan mucho en oírse unas fuertes y claras palmadas en el patio,
          pidiendo permiso para entrar. Encendemos el farol y alumbramos afuera.
            –¿Quién es?
            Del caballo baja un hombre fornido, de barba oscura, envuelto en un poncho
          informal, con un sombrero de fieltro de ala ancha sobre su rostro en sombras y
          unas enormes espuelas tintineantes en los pies calzados con alpargatas, sin
          medias. Detrás hay dos caballos más pequeños con figuras delgadas. ¿Niños?
            –Soy el tropero que viene a llevar el ganado al Palmar –se presenta.
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