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SOBRE EL TRATO CON LOS INDIOS                115



              Me daba vergüenza y me dolía ver cuán apagada estaba en ellos la noción de
              que tenían derecho a existir. Si llegaban solos daban la impresión de perros
              apaleados. Tímidos y medrosos, la mirada insegura y el paso silencioso. Su
              carácter emanaba una resignación paralizante; nunca he visto personas con ojos
              tan desesperanzados. Se siente que saben hasta qué punto su pueblo está
              destinado a perecer. Los que venían a vender algo solían llegar en compañía de
              un cacique menor que dominaba el castellano; él expresaba sus deseos y tra-
              ducía mis palabras. Llegaban a caballo en pequeños asnos y sus pies casi
              rozaban la tierra.
                 Cuando venían a comprar algo , permanecían en grupos ante la puerta del
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              almacén, hablando en voz casi inaudible. Mis preguntas precipitadas los ame-
              drentaban. Solían callarse durante largo rato y responder en voz apagada. Era
              difícil entenderlos. A los peones, casi todos correntinos o chaqueños, les encan-
              taba presentarse de un modo que hiciese bien visible la diferencia abismal entre
              estos indígenas y su propia raza. Los empujaban hacia un lado y entraban al
              depósito, aun sabiendo que no era lo correcto. Por nada en el mundo se habrían
              juntado con los indios para esperar. Por el contrario, intentaban inducirme a que
              les entregara las mercaderías primero a ellos, aun habiendo llegado más tarde
              al almacén. A los peones les llamó mucho la atención que yo les cobrara a los
              indígenas lo mismo que a ellos. Por lo que comentaban, pude darme cuenta de
              que los vecinos acostumbraban cobrar a los indios más que al resto de los
              mortales. Los indios registraban pronto que mi máxima era el trato igual para
              todos. Se les notaba la alegría al hacer la compra, y esto los llevaba a comprar
              cantidades mayores de mercadería, ante todo de jabón. Por cierto, esa gente,
              en particular los vilela, era muy limpia.
                 Con otro grupo de indios, que también fue empleado durante un breve tiempo
              para cortar leña, no tuvimos suerte. Eran seres totalmente degradados, estaban
              siempre alcoholizados y no cumplían con las tareas pactadas. Fueron despedi-
              dos y, para vengarse, prendieron fuego a la leña cortada, ya pagada. Los vilela
              no se asociaban con ellos. Nunca pude averiguar a qué etnia pertenecían.
                 Lo mejor solía ocurrir al finalizar nuestras negociaciones. Cada vez que entre-
              gaba la paga a los indios y me despedía de ellos, me pedían miel. Creo que por
              miel habrían vendido su alma al diablo. Si les traía un kilo de regalo, sus caras
              se iluminaban como las de los niños. A los pocos minutos la habían devorado y
              pedían más. Finalmente debí valerme de una mentira, afirmando solemnemente
              que ya habían acabado con mi miel. De lo contrario, habrían devorado en pocas
              horas todas mis reservas.
                 Bien que hay que agradecer que el gobierno argentino promulgue leyes de
              protección para los indígenas, estas lamentablemente se aplican poco. La mayor
              parte de la población, ante todo la inculta, alberga sentimientos inexplicables de
              temor y rencor hacia los indios. Y como este desprecio por los habitantes origi-
              narios también domina a las autoridades civiles, las leyes de protección se apli-


              33   La autora al parecer administraba un almacén para los empleados de la estancia. Es
              diferente su caso del de Cissy von Scheele-Willich en que se ocupa de comprar y vender a los
              empleados de la estancia, mientras que su colega vendía al ormenor a sus vecinos, como se
              ve en el relato "Nuestros vecinos 'los negros'".
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