Page 117 -
P. 117
SOBRE EL TRATO CON LOS INDIOS 115
Me daba vergüenza y me dolía ver cuán apagada estaba en ellos la noción de
que tenían derecho a existir. Si llegaban solos daban la impresión de perros
apaleados. Tímidos y medrosos, la mirada insegura y el paso silencioso. Su
carácter emanaba una resignación paralizante; nunca he visto personas con ojos
tan desesperanzados. Se siente que saben hasta qué punto su pueblo está
destinado a perecer. Los que venían a vender algo solían llegar en compañía de
un cacique menor que dominaba el castellano; él expresaba sus deseos y tra-
ducía mis palabras. Llegaban a caballo en pequeños asnos y sus pies casi
rozaban la tierra.
Cuando venían a comprar algo , permanecían en grupos ante la puerta del
33
almacén, hablando en voz casi inaudible. Mis preguntas precipitadas los ame-
drentaban. Solían callarse durante largo rato y responder en voz apagada. Era
difícil entenderlos. A los peones, casi todos correntinos o chaqueños, les encan-
taba presentarse de un modo que hiciese bien visible la diferencia abismal entre
estos indígenas y su propia raza. Los empujaban hacia un lado y entraban al
depósito, aun sabiendo que no era lo correcto. Por nada en el mundo se habrían
juntado con los indios para esperar. Por el contrario, intentaban inducirme a que
les entregara las mercaderías primero a ellos, aun habiendo llegado más tarde
al almacén. A los peones les llamó mucho la atención que yo les cobrara a los
indígenas lo mismo que a ellos. Por lo que comentaban, pude darme cuenta de
que los vecinos acostumbraban cobrar a los indios más que al resto de los
mortales. Los indios registraban pronto que mi máxima era el trato igual para
todos. Se les notaba la alegría al hacer la compra, y esto los llevaba a comprar
cantidades mayores de mercadería, ante todo de jabón. Por cierto, esa gente,
en particular los vilela, era muy limpia.
Con otro grupo de indios, que también fue empleado durante un breve tiempo
para cortar leña, no tuvimos suerte. Eran seres totalmente degradados, estaban
siempre alcoholizados y no cumplían con las tareas pactadas. Fueron despedi-
dos y, para vengarse, prendieron fuego a la leña cortada, ya pagada. Los vilela
no se asociaban con ellos. Nunca pude averiguar a qué etnia pertenecían.
Lo mejor solía ocurrir al finalizar nuestras negociaciones. Cada vez que entre-
gaba la paga a los indios y me despedía de ellos, me pedían miel. Creo que por
miel habrían vendido su alma al diablo. Si les traía un kilo de regalo, sus caras
se iluminaban como las de los niños. A los pocos minutos la habían devorado y
pedían más. Finalmente debí valerme de una mentira, afirmando solemnemente
que ya habían acabado con mi miel. De lo contrario, habrían devorado en pocas
horas todas mis reservas.
Bien que hay que agradecer que el gobierno argentino promulgue leyes de
protección para los indígenas, estas lamentablemente se aplican poco. La mayor
parte de la población, ante todo la inculta, alberga sentimientos inexplicables de
temor y rencor hacia los indios. Y como este desprecio por los habitantes origi-
narios también domina a las autoridades civiles, las leyes de protección se apli-
33 La autora al parecer administraba un almacén para los empleados de la estancia. Es
diferente su caso del de Cissy von Scheele-Willich en que se ocupa de comprar y vender a los
empleados de la estancia, mientras que su colega vendía al ormenor a sus vecinos, como se
ve en el relato "Nuestros vecinos 'los negros'".

