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CHINAS Y CHINITOS 111
frescor de la mañana, solían venir a pedir miel con unos trapitos transparentes
y sin ropa interior. Parecían no separarse ni de día ni de noche de aquellos teso-
ros. Recién al domingo siguiente comenzó el verdadero desfile del nuevo ves-
tuario con gruesas capas de polvo en sus caras marrones y sus cuellos más
oscuros todavía. ¡Qué galas! Pero al cabo de un mes ya todo eran de vuelta
harapos.
¿Y la abuela? Todavía sigue viva. Pero ya va siendo hora de que se vuelva a
morir de una vez por todas.
Cata está trabajando en casa con su hijo de tres años. Es una muchacha de
apenas veinte años, tiene un hermoso andar, como un gato grande, suave y
elástico a la vez. Su carácter es juguetón y posee una serenidad imperturbable.
–¿Eres viuda? –le pregunto cuando lleva una semana trabajando en casa.
Ella niega y comienza a contarme su historia. Por supuesto aprovecha la
oportunidad para dejar de pelar batatas y no pierde la ocasión de prender en el
fuego un cigarrillo paraguayo.
–Yo estaba en el interior de la provincia de Corrientes, trabajando con mis
padres en una finca, a quince leguas de la estación de tren más cercana. Allí
conocí a mi esposo, que trabajaba como carnicero y peón. Decidimos casarnos
y nos fuimos a vivir a un rancho. Estábamos bien juntos porque mi esposo era
muy lindo –sonrió–. Después de dos años, cambiamos de empleo y nos muda-
mos a la ciudad de Corrientes. Allí mi esposo se enamoró de otra mujer y la trajo
a nuestra casa. Entonces vivíamos los cuatro, con mi hija, en el rancho. Fue triste
–prosiguió–, porque mi esposo empezó a maltratarme para que me fuera. Pero
yo no me fui, porque quería esperar a que mi marido volviera a quererme. Un
vecino me había dado un remedio. Un día salió con la otra mujer y nunca más
volvió. Desde entonces tengo que trabajar de sirvienta. –Después de una
pequeña pausa, agregó–: Sé dónde trabaja, y quería pedirte que le escribas que
estoy trabajando con vos. Tal vez puedas darle trabajo cuando venga.
Y comenzó a dictarme una carta conmovedora e infantil, porque no sabía
leer ni escribir. Le aseguraba a su marido que podía contar con su antiguo amor
y fidelidad, y le pedía que volviera con ella y su hija.
–¿Están realmente casados, por civil? –me atreví a preguntar tímidamente,
poco familiarizada todavía con la situación en el Chaco.
–¡Ay! –respondió con desdén–, así solo se casa la gente de la ciudad. Ni él ni
yo teníamos papeles, pero me regaló un anillo, me prometió matrimonio, y eso vale.
Después de unas semanas, la carta fue devuelta por domicilio desconocido.
A Cata nadie la mira con desprecio por su hija ilegítima. Al contrario, tiene
muchos pretendientes serios. Por lo visto le cuesta decidirse, porque se muestra
reticente con todos. Cata es la esclava de su hija. La pequeña diablita negra,
preciosa, lo sabe muy bien. Cuando la madre le niega algo, no para de gritar hasta
tener en sus enérgicas manos aquello que desea. Incluso cosas que no le perte-
necen a Cata y que la hijita codicia, ella las roba con toda tranquilidad. Sin
embargo, a un alemán que admiraba a la niña le ofreció vendérsela por cien pesos.
Unas semanas más tarde, cuando nuestra amistad había fracasado, se juntó
con un "rubio", un joven peón pelirrojo que trabajaba en casa.
Cirilo trabaja como lechero desde hace dos años. Antes de que él ocupara
ese puesto, siempre había cambios y dificultades. Nadie duraba más de unas

