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            Serán las nueve de la noche. Orión aún está bajo en el horizonte. Las mulas
          todavía están mascando su ración de maíz. Una vaca lechera rezagada está
          nadando a través de la laguna junto a mi camino para llegar a tiempo a donde
          está su ternero. Una tenue luz asoma por la puerta de la cabaña de Vicente.
          Tiene un farol de establo. Recién hoy consiguió petróleo. Solo en los mejores
          ranchos hay iluminación. La mayoría se acuesta cuando se pone el sol o se sienta
          al resplandor del fuego. Doy palmadas delante de la cabaña. De inmediato
          aparece Vicente y me hace pasar. Los niños todavía están despiertos. Alborotan
          por todas partes y saltan sobre el catre donde yace la mujer enferma, bajan y
          caen sobre un taburete y gritan. Lo que me faltaba, con lo insegura que estoy.
            –Los niños tienen que irse a la cama –grito enérgicamente–. ¿Cómo quieres
          que ayude a tu esposa con semejante revuelo?
            Como la parturienta se pone a gemir, mi advertencia tiene éxito. El padre
          agarra a los niños y los pone en otro catre. Ahí siguen alborotando un rato más,
          pero al menos ya no molestan. Me vuelvo hacia la mujer. Está tapada con una
          manta flamante. La almohada tiene la funda limpia. La mujer es india de buena
          familia, me lo ha dicho muchas veces y tiene buenos modales.
            –¿Cuándo empezaron los dolores? –pregunto como si fuera lo más natural
          del mundo para mí.
            –Esta tarde –gime débilmente.
            Estoy atormentada. Por fuera, no quiero alarmar a la gente, pero por dentro
          me estremezco ante la idea de una complicación. Cifro mis esperanzas en su
          sangre india. Para estos hijos de la naturaleza, un parto es casi una diversión.
            –¿Y cómo fue tu último parto? –pregunto para tranquilizarme.
            –Algo difícil.
            Estoy terriblemente avergonzada, pero me mantengo fuerte, porque veo las
          miradas que me dirige Vicente desde un rincón oscuro. Mis oídos están ansiosos
          por escuchar ruidos fuera de la cabaña. Si tan solo pudiera oír la llegada del
          sulky que salió a la mañana temprano para ir a buscar a la madama... Pongo
          una caja en la cabecera de la cama, luego pido una palangana y la enjuago con
          agua hirviendo. Sin salir de la habitación, echo el agua por la puerta. Así se hace
          en el Chaco. Luego disuelvo una pastilla de sublimado en agua recién hervida.
          Hago todo muy despacio y minuciosamente para ganar tiempo.
            De nuevo una contracción de la parturienta. Le seco el sudor de la frente y
          le enfrío las sienes con colonia.
            –Respira tranquila y profundamente –trato de consolarla–, todo saldrá bien.
            Después del ataque, ella pide un mate amargo, el santo remedio, la panacea
          en el Chaco.
            Salgo adonde está el fuego, y Vicente me sigue.
            –Pon una pavita al fuego –mando, y me adentro unos pasos en la noche.
            Majestuoso e inalcanzable, el cielo estrellado de color violeta oscuro perma-
          nece en silencio. Frío e indiferente a los destinos de la humanidad. Me doy cuenta
          de que estoy temblando. ¿Será el fresco de la noche? ¿O la cobardía ante lo que
          me espera?
            –Todavía no se oye nada –digo con voz ahogada, y vuelvo a entrar.
            Pongo la lata de yerba en mi regazo y el mate en la mano, y empiezo a llenarlo
          de yerba con la cuchara doblada.
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