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LA CONSTRUCCIÓN DEL RANCHO 97
muebles decentes. Con el tiempo resultan imposibles de imaginar siquiera.
Aparte de que primero habría que inventar muebles de rancho, porque el mobi-
liario urbano es ridículo y muy inapropiado.
Un "catre" suele hacer las veces de cama, un estante tambaleante (tambaleante
porque uno no sabe cómo hacerlo) aúna las características de aparador y biblioteca,
cajas y maletas reemplazan a las sillas. Un armario es una rareza. Por lo común no
hay vidrios en las ventanas. En primer lugar, porque son caros; en segundo lugar,
porque en la mayoría de los casos llegan hechos pedazos cuando los traen en carro
por caminos de ocho, diez e incluso doce leguas llenos de "pozos". Es mejor clavar
una malla de alambre en el marco, aunque, si bien evita que entren mosquitos, deja
libre acceso al polvo. Un europeo no tiene ni noción de cuánto polvo puede llegar a
acumularse con un clima tan seco. Como el rancho está construido a nivel del suelo,
siempre parece que el piso no está barrido. Por la noche, debido al calor insoporta-
ble, uno se ve obligado a dejar las puertas abiertas: una razón para que todo tipo
de bichos obtengan un conocimiento más preciso del rancho. No era raro que a la
mañana yo pusiera de patitas en el patio a setenta ranas con osado ímpetu, que
encontrara serpientes entre mis cartas del bibliorato o que sintiera miedo y repug-
nancia cuando el primer encuentro sorprendente con una tarántula peluda del
tamaño de un puño me hizo dudar de su peligrosidad.
¡Qué sentimientos realmente cariñosos me invadían de repente por aquellas
pequeñas arañitas que tan admirablemente se dejaban caer desde la paja del
techo y de entre las tejas, balanceándose en silencio en finos hilos hasta la mesa,
que era al mismo tiempo mesa del comedor, mesa de costura, escritorio y mesa
del salón! Esas arañitas que al comienzo de mi estadía yo aún solía perseguir con
despiadada brutalidad y expresiones violentas. ¡Qué benévola resulta su natura-
leza en comparación con aquellos incordios, los insidiosos bichos colorados, que
tanto proliferan en el suelo seco del rancho, y que solo pueden eliminarse de los
dedos de los pies mediante dolorosas operaciones! ¡Cuán inofensivas son en
comparación con los aún más peligrosos mosquitos que suelen recompensar con
malaria a la persona que no se refugia noche tras noche debajo del mosquitero!
¡Cuántas veces me habré quedado despierta por la noche pensando en mis
amigos mientras un papá rana tocaba su grueso contrabajo debajo de mi catre!
¿Cómo darles una idea clara a los que viven en sólidas casas de campo o en la
ciudad, rodeados de cientos de comodidades, que llevan una existencia segura
de funcionarios públicos, a las personas de los centros culturales en general,
de lo que significa para un europeo luchar alejado de todo contacto con la vida
espiritual? Uno está ahí, viendo cómo las últimas posesiones de esa vida, sus
amados libros, son devorados por infames escarabajos hasta dejarlos ilegibles,
sin poder hacer nada al respecto, ya que esas fútiles criaturas no sienten ningún
respeto por Goethe, ningún temor por los expresionistas, ni se dejan disuadir de
su glotonería por la dulzura de las canciones de Hafis . No, imposible explicarlo.
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24 Hafis o, más correcto, Hafiz (el que sabe de memoria el Corán): nombre con el que se honró
a Mohammed Schemseddin, un poeta y místico persa, 1315 o 1325-1390. Su colección de
poemas en forma de "ghazel", Diwan, fue traducido al alemán en 1812 por el orientalista Josef
von Hammer-Purgstall, e influenció fuertemente a Goethe, quien a partir de 1814 escribió su
obra Diván de Oriente y Occidente, publicada en 1819. Es una colección de poemas inspirados

