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            Sin embargo, nuestro rancho causa una profunda impresión en los nativos
          porque está encalado, y en todas partes lo conocen como "Casa Blanca".


          Lecho nocturno


          El aire es pesado y denso en el rancho bajo. A pesar de que el sol ya se ha
          puesto y la noche ha caído sin ocaso sobre el paisaje, ni la más mínima brisa
          refresca la habitación. Con la desaparición de la luz del sol, ha comenzado el
          concierto de mosquitos en la casa. Al igual que en el entramado del bosque, los
          suaves sonidos vibran hacia arriba y hacia abajo. Cuanto más se envuelva uno,
          más se librará de las picaduras. Las piernas están metidas en bolsas. La cara y
          las manos las tengo en constante movimiento defensivo. Imposible escribir una
          carta, concentrarse en una idea o enfrascarse en un libro. Tengo que escapar.
          El lugar más seguro es la cama, debajo del mosquitero.
            Si uno ha metido la red de tul de malla fina debajo del colchón por todas
          partes, poniendo empeño en no dejar ninguna abertura y además ha cazado a
          los villanos dentro del mosquitero, puede disfrutar del descanso y leer un rato a
          la luz de la lámpara. La puerta está abierta de par en par, pero aun así no entra
          el fresco de la noche. Solo las polillas vuelan continuamente hacia la luz, dibu-
          jando círculos cada vez más pequeños alrededor de la llama amarilla en su
          zigzag, hasta que el ardor sibilante paraliza sus alas y caen sobre la mesa. Hasta
          un mamboretá  verde claro, similar a la mantis religiosa europea, se consume
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          a la luz. La inquietud de los insectos aleja los pensamientos, es terrible observar
          su estupidez. Rápidamente apago la luz. Justo a tiempo para salvar a un bajo
          profundo que acaba de entrar zumbando y se da la cabeza contra la pared. Es
          un ruido breve y estridente, seguido de un silencio en que se aguza el oído, hasta
          que vuelve a gatear, toma impulso para salir volando y golpearse la cabeza
          contra otra pared. ¿No es ridículo el parecido con nuestros propios destinos?
          Luego se hace silencio. Tanto silencio que se escucha respirar la oscuridad, que
          me ronda a hurtadillas como un ser vivo y se sienta pesadamente sobre mi
          pecho. Apenas puedo respirar. El bochorno se vuelve insoportable. Hace rato
          que me quité el camisón y aparté la sábana, pero el sudor me empieza a correr
          por el cuello, baja por el pecho y se acumula en mi espalda. No hay quien lo
          aguante.
            Sin vacilar, me levanto de la cama de un salto, tiro las sábanas y el colchón
          sobre la silla más cercana y arrastro el catre hasta el patio. ¡Qué maravillosa y
          clara noche estrellada! El aire es más ligero, aunque no más fresco. En un segundo
          tiendo la cama, el mosquitero colgado de la parra. Ahora sí voy a dormir.
            Cierro los ojos e imagino que desciendo a un pozo profundo, cada vez más
          profundo, hasta que todo está completamente oscuro, se disipan los pensa-
          mientos perturbadores, se apaga la conciencia y me invade el sueño. ¡Qué dicha


          en la obra de Hafiz con comentarios. Aquí la autora se refiere al poeta tal como lo refleja la
          obra de Goethe.
          25   mamboretá: un tipo de mantis, insecto grande y delgado de color verde, que suele apa-
          recer solo.
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