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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII 111
dulce y hasta de buena calidad, una ventaja que había extrañado mucho en La
Constancia. Pero lo que me había atraído para comprar ese campo era la belleza
del paisaje montañoso. Las montañas obviamente no se podían comparar con
las de Suiza o las de nuestra hermosa Selva Negra, porque faltaban los árboles
y los arroyos, pero sí había una rica diversificación frente a la monótona pampa
de La Constancia. El campo estaba muy abandonado y había que ponerlo en
condiciones, lo que me ofreció enormes oportunidades para aprovechar mi
experiencia. Quería hacer algo bueno de Las Raíces y creo haberlo logrado:
cercos, molinos, un chalet, casas de piedra para los puesteros y una manga
para bañar el ganado. Y si no hubiera llegado la crisis, no me habría arrepentido
de haber puesto el dinero que invertí. /93/ Había tomado una hipoteca de
100.000 pesos de Christian Altgelt, un cuñado de C. A. Diehl, por la cual en un
comienzo tenía que pagar el 8% de interés. Finalmente, los intereses se reduje-
ron a 4.700 pesos, si no, no hubiera estado en condiciones de seguir. Cuando
la crisis se tornó difícil y empecé a temer que me vería obligado a liquidarlo todo
porque no iba a poder pagar los intereses, le hice a Altgelt (ahora el hijo) la pro-
puesta de adquirir la tierra por el valor de la hipoteca con la condición de que
después de seis años, o sea en 1940, pudiera volver a comprarla. El primer
administrador fue Carlos Conradi, que se echó el asunto al hombro muy valien-
temente e hizo orden en lo más áspero. A él le siguió Constantin von Rennenkam-
pff, llamado Kott, para el que había remodelado la casa. Kott tenía muchos
problemas de salud en Buenos Aires y, como por naturaleza y tradición familiar
era más apto para la profesión de agrónomo, pensé que le ayudaría con el ofre-
cimiento de administrar Las Raíces. En poco tiempo se adaptó a vivir en su nuevo
ambiente y lo pude dejar administrar solo, lo que debe haber sido un desafío
interesante para él, ya que entonces pudo desplegar libremente todas sus cua-
lidades personales. Me lo agradeció mucho. Lamentablemente vino la crisis, que
también fue dura en Las Raíces e hizo imposible una administración con ganan-
cias. Cuando Bruno Eichhorn, tío de Kott, le ofreció ser gerente del Hotel Edén ,
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le sugerí insistentemente que aceptara el ofrecimiento. Creo que Kott y Lya se
pueden felicitar por el cambio realizado. Las Raíces pasó a manos de mi último
yerno, Walter Brendel, que en 1933 se casó con Lisa. El casamiento se festejó
en La Constancia en un círculo familiar íntimo. También ese fue un matrimonio
por amor, porque en ese entonces ni Brendel ni Lisa poseían nada, y Brendel
se había casado con ella confiando en tener un puesto en Tiedemann en Uru-
guay. /94/ El padre de Brendel había sido un alto funcionario de la justicia, y su
madre, que había visitado casi un año entero a su hijo en Las Raíces, provenía
de la familia Henckel, y el Ministro de Asuntos Exteriores del Reich Alemán von
Ribbentrop estaba casado con una prima suya.
Pero antes, o sea en el año 1931, Eduard se casó con una señorita Squarzon,
que había conocido en la guarnición de Curuzú-Cuatiá. Los Squarzon son de
origen escocés, y Rosita tenía casi un tipo inglés. El padre Squarzon, un labo-
rioso estanciero y hombre de negocios, es dueño de dos estancias en Corrien-
tes. En el año 25 Eduard había sido subteniente del 9° Regimiento de Caballería
82 El Hotel en La Falda, Córdoba, mencionado en las presentación del texto.

