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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII 113
de Graves-Basedow, pero la variedad escondida. Recién después de seis o
siete meses se pudo notar un agrandamiento de la tiroides en el cuello. Tam-
poco los ojos se habían salido de sus órbitas, como es normal en esta enfer-
medad. En agosto de 1932 se recuperó tanto que repentinamente volvió a
participar y estar activa en la casa como si se hubiera recuperado totalmente
de su enfermedad. Pero una noche perdió jugando a las cartas y de pronto
empezó a tener un ataque de tos seca y a partir de ahí fue rápidamente en
declive. Cuando la visité en el Hospital Alemán después de estar ausente de la
estancia dos semanas, supe que se acercaba su fin. Tomó mi cabeza entre sus
manos y me besó como nunca: fue su beso de despedida. El doctor Lange veía
que los remedios no le hacían nada y sugirió como única posibilidad operar la
glándula tiroides. Mamá se apresuró a aceptar, porque quería poner fin a su
situación de cualquier manera. "Me han tratado como a una reina", dijo la noche
antes de la operación y eso significaba: todos quisieron lo mejor para mí. El
doctor Lange escribió después en una carta: "Tuve la impresión de que ella era
una roca, a la que le llega la ola y sigue allí estoica". Así también fue a la ope-
ración, con valor y entrega. La operación salió bien, pero su corazón no pudo
soportar el veneno. El 25 de noviembre a las 11 de la mañana falleció a pesar
de los cuidados de Lisa, que no se había movido de su lado desde que la
internaron.
Mamá siempre me había hablado de lo festiva que había sido y de la fuerte
emoción que le había causado la cremación de nuestro Rico en Weimar. Pensé
que cumplía su voluntad si la dejaba descansar de la misma forma. Todos nues-
tros amigos rodearon el ataúd escondido bajo las flores y acompañado por los
sonidos de un Ave María.
Carmen había hecho diez leguas a caballo para alcanzar el tren de la noche.
Llegó a tiempo, así como también Eduard y Alfred.
Mamá nunca había pedido el consuelo de la religión, ni tampoco le había
hecho falta. Ella realmente fue fiel, responsable, trabajadora, tenía mucho tacto
y supo ocupar su puesto, tanto en la sociedad como en la estancia y en los
viajes. No conocía las dudas, ni sentimientos de arrepentimiento, que siempre
me recriminaba, cuando yo creía que había hecho algo mal. "Piénsalo antes,
pero no te arrepientas inútilmente de lo hecho".
Quizás su temprana muerte se debió al presentimiento de lo que vendría:
convivir con aquello por lo que tuve que pasar en 1933 y 34 para defenderme
de la presión de los bancos, asimilar las desilusiones a las que me expusieron
mis conocidos y los de quienes en realidad debía esperar que por lo menos me
ayudaran moralmente. Vivir todo esto hubiera sido un gran dolor para esa mujer.
Parecía que iba a perderlo todo. La moratoria, de la cual hablé más arriba, me
salvó finalmente de una liquidación obligatoria. Pero en el año 1934, cuando, por
las buenas cosechas y la subida de los precios de los productos, los valores
volvieron a subir y pude salvar un capital que podía cubrir mis necesidades
personales y mi futuro, cedí a la presión de los bancos, vendedores y amigos y
vendí La Constancia el 10 de septiembre de 1934, en mi cumpleaños número
66, a 220 pesos la hectárea. /98/ Me quedé un año más como administrador y
abandoné La Constancia, mi Constancia, el 10 de septiembre de 1935 para
nunca más volver.

