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108                      EDUARDO DEVRIENT



          Teníamos que tirarnos de espalda en el piso del bote y entonces el gondoliere
          aprovechó un instante cuando la cavidad estaba libre, y así una ola nos hizo
          barrenar debajo de la roca. Ver la gruta no es posible cuando el mar está muy
          movido. Pudimos pasar bien, pero me alegré de que mamá se quedara a bordo.
          En el interior una iluminación como de hadas: las gotas de agua plateadas de
          los remos cayendo en un verde agua fabuloso, y con el reflejo del sol parecían
          surgir mágicamente del agua de mar. En el atracadero, las mujeres de los pes-
          cadores se ocuparon de nuestras valijas y las colocaron en el ascensor que las
          transportaría a la pequeña ciudad. /88/ Nosotros tomamos un coche que pri-
          mero nos llevó a Capri y luego a Ana-Capri. A mamá ese lugar le pareció dema-
          siado aburrido y tomamos habitaciones en el conocido Hotel Pagano en Capri,
          donde habían vivido poetas alemanes como Scheffel . Era sencillo, pero bueno
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          y más interesante que Capri misma. Previamente desayunamos en un hotel suizo
          con vista al golfo Azul, al humeante Vesubio y a unas lejanas islas. En el jardín
          cantaban los pájaros, las naranjas brillaban entre las hojas y el aire estaba
          impregnado de aromas sureños. Después del pequeño mareo de mar estába-
          mos especialmente receptivos para todo lo hermoso. Comimos y bebimos y
          nuestro estado de ánimo alcanzó su punto más alto cuando un cuarteto cantó
          canciones melosas de sol y de amor. Lya se dejó llevar, salió al balcón y se puso
          a llorar, y nosotros estábamos muy cerca de hacer lo mismo. El que lea esto va
          a creer que éramos muy sentimentales, pero no lo creería si hubiera estado
          presente. Cuando sonaba un violín, había momentos en que nuestra alma
          soñaba y se nos despertaban sensaciones y añoranzas que nos transportaban
          a otras esferas.
            En el Hotel Pagano se reunió un popurrí de personas de varios países: el viejo
          inglés, que nos traía diariamente y con mucho entusiasmo todas sus produc-
          ciones artísticas de pintura y no se cansaba de preguntar: "Did you see Mr.
          Tiberius this afternoon?". Luego, la primadona rusa, que dejaba sonar su her-
          mosa voz, y su enfermo esposo, que seguramente estaría pasando sus últimos
          días en el bello Capri; el joven estudiante tísico, que nos contaba de su huida de
          la República Soviética; el gordo fabricante de muebles húngaro, con su pesada
          cadena de reloj, de la cual colgaban dientes de ciervo y que demostraba su
          fascinación por la apariencia sureña de mamá, exclamando expresivamente:
          "Nunca he visto una mujer tan bella". /89/ Después, el buen coronel Weiss,
          cuñado de Carmen von Hartmann, que había viajado al sur junto a su hija Anne-
          liese y celebraba la oportunidad de habernos conocido tan casualmente. El
          encuentro con distintas personalidades y su gran diversidad de destinos que
          conocíamos de esta manera hacían interesante nuestra estadía en Capri, no
          menos que las espléndidas bellezas naturales, las montañas, las rocas, el mar
          azul y los restos de tiempos pasados de la historia romana.
            Especialmente interesante fue una visita a lo de Monseñor Ferrera. Había
          sido cardenal y de un día para otro sufrió una parálisis en las piernas, de tal
          modo que tuvo que abandonar su brillante carrera y vivir recluido con su hermana
          en Capri. Se alegraba de recibir visita de países lejanos. Nos comunicamos en



          78   Se refiere al poeta y novelista alemán Joseph Victor von Scheffel (1826-1886).
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