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112 EDUARDO DEVRIENT
en Paraná, después fue trasladado a Curuzú-Cuatiá y finalmente enviado al
Regimiento de Granaderos en Buenos Aires. Allí se casó. La pareja fue casada
por el conocido arzobispo Copello en la Iglesia Castrense. Eduard llegó pronto
a su próximo destino, Villa Mercedes en San Luis, y de ahí a Campo Los Andes,
donde fue nombrado teniente primero. Como jugador de polo había ganado con
su equipo de Villa Mercedes. Recibió la medalla de oro y un caballo. Ya tenía su
traspaso al 8° Regimiento de Caballería en Ciudadela, cuando fue llamado a
servicio por la armada alemana. Eso se debió a su buena condición física y a la
circunstancia de que dominaba el idioma alemán. Al regreso de Alemania a
comienzos del 38 fue capitán en la Escuela de Caballería. Fue una suerte para
él elegir esa carrera siguiendo mi consejo, no solo por lo seguro del sueldo, sino
también por las grandes posibilidades de conocer el mundo y disfrutar de la vida
con su actividad al aire libre y con sus amores, los caballos.
Después de los buenos años con dinero sobrante, precios altos y ricas
cosechas durante el segundo gobierno de Irigoyen, llegó la tan mentada crisis.
También Paul Bochum fue víctima de la misma. /95/ Más allá de los pocos años
en que estuvo con Stinnes y después trabajando por cuenta propia como
emprendedor, había sido mi confiable colaborador en La Constancia. Con el
dinero obtenido compró el inventario para una chacra y tuvo la suerte de que
trabajando un año pudo recuperar lo que había invertido. Por eso tuvo el coraje
de alquilar doscientas hectáreas en otra estancia, pero desgraciadamente con-
tra efectivo y con mi garantía, por lo que con la caída de los cereales, este
emprendimiento fue una verdadera catástrofe, en la cual Paul no solo perdió su
ganancia, sino que también se endeudó. Cuando Robert Hoffmann compró la
estancia en Santa Fe, Paul se mudó con él y fue su asesor gracias a toda la
experiencia que había adquirido. Por todos los medios yo trataba de salir airoso
de la crisis, con nuevas hipotecas, ventas, etc. Pero cuando las condiciones se
ponen malas, incluso en las relaciones políticas, el capital se retrae en todos
los emprendimientos. Los bancos en vez de ayudar y apoyar, buscan liquidar
hasta con pérdidas. El Banco Alemán, el que más confiaba en mí, empezó a
tener miedo y solicitó garantías por los 100.000 pesos que le debía. Debido a
que internamente tenía la fuerte convicción de que la crisis pasaría pronto, no
puse objeciones y puse como garantía una segunda hipoteca por la deuda
bancaria total, o sea 220.000 pesos, sobre La Constancia. Mi capital, que en
algún momento había sido calculado en 1¼ de millón, fue igual a cero, ya que
todas las estancias La Constancia, Las Raíces y la de Entre Ríos, de repente
no tenían ni el valor de las hipotecas.
Esta mala situación le causó a mi mujer, nuestra amada y honrada mamá,
una espantosa impresión. Como ella no daba a conocer sus sentimientos abier-
tamente, no los exteriorizaba, tampoco lloraba ni sonreía suavemente, tragaba
su bronca y envenenaba su sangre. /96/ El corazón, que ya había sufrido con
los muchos partos, no estaba en condiciones de soportar las toxinas de los
ganglios. Su pulso subió a 120 pulsaciones y cuando la llevé a Bell Ville, a lo del
doctor Zinny, le prescribió hacer inmediatamente reposo en la cama, recibir
inyecciones y yodo. No pudo inferir la causa de la enfermedad y tampoco el
doctor Lange, al que también consulté. Recién cuando llevé a mamá al Hospi-
tal Alemán en Buenos Aires se supo, aunque tardíamente. Tenía la enfermedad

