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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII            105



                 Lo que vi no hizo que tuviera más fe, pero en mi memoria quedaron dos
              momentos que me convencieron nuevamente de que la Iglesia católica tenía
              seguidores convencidos que, más allá de todas las pamplinas, se entregaban
              con toda el alma. Una multitud de peregrinos alemanes, con el cura, el maestro
              y el alcalde adelante, ingresaban paso a paso, en filas de a cuatro, a la Iglesia de
              San Pedro. Como un canto de batalla suena su canto de peregrinación, que con
              la cabeza erguida y piadoso fervor entonan en voz alta. Eso era religiosidad y fe.
                 El otro hecho que me conmovió profundamente fue una procesión en una
              iglesia cercana al Capitolio, donde se encuentra una loba cruelmente enjaulada
              y el Registro Civil vivencia alguna que otra interesante escena de casamiento.
              Muchachos y niñas se peleaban por subir al púlpito para dar un discurso con el
              fin de honrar al bambino Gesú. Increíble era el entusiasmo por hacerse escuchar,
              y asombrosa, la elocuencia. /83/ De inhibiciones no había ni rastro. Entonces
              vino la procesión. El niño Jesús fue tomado de los brazos de la madre y, acom-
              pañado por el murmullo de los que rezaban, fue cargado con festiva pompa a
              través de la iglesia y nuevamente recostado en los brazos de la Virgen María.
              Cuando el niño Jesús pasaba delante nuestro, mamá se arrodilló. Por ese acto
              la hubiera tomado entre mis brazos, pero ella no era de aceptar ternuras.
                 Mamá fue educada en la creencia católica. La abuela, una estricta católica,
              le había enseñado a rezar. La nieta se casó con un hombre sin confesión, y al
              comienzo le resultaba difícil entender la diferencia entre sin religión y sin confe-
              sión. Pero con el correr de los años y la convivencia lo aprendió, así como
              Fortunata lo aprendió de Karl, y Rosita de Eduard. Ninguna obligación, ninguna
              imposición, reina absoluta libertad en la práctica de su religión, y así por sí mis-
              mas se desmoronaron las escorias de las falsas creencias y quedó la religión
              del corazón. Cuando mamá estaba muy enferma, vino el Padre Ángelo a La
              Constancia, seguramente enviado por las hermanas Araya, unas viejas beatas.
              Ofreció sus servicios como capellán. Mamá lo recibió muy amablemente, pero
              de ninguna manera tenía el deseo de hacer uso de ellos. Me dijo: "No tengo
              nada que confesar".
                 La confesión puede ser buena, puede aliviar hombros cargados de culpas,
              pero no todos lo sienten necesario, y cada uno debe ser feliz a su manera. La
              libertad y la falta de obligaciones deberían ser, en cuestiones de religión, la
              primera y la única condición.
                 Bajamos, cerca de los cartujos, a las catacumbas, el cementerio de los pri-
              meros cristianos, que no querían hacer incinerar sus restos mortales según las
              costumbres paganas, sino según las palabras de la Biblia, o sea devolver a la
              tierra lo que de ella se había tomado.
                 /84/ Dicen que este cementerio llega muy profundo por debajo de Roma y
              tiene muchos pasillos en los que uno se puede perder. Se cuenta que un curso
              escolar nunca más fue encontrado. También Rübezahl  desapareció con unos
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              75   Rübezahl fue un personaje mítico de las leyendas alemanas, un espíritu de la zona del
              Riesengebirge, cuyo nombre aparece desde el siglo XVI. Pero no se le atribuye haber llevado
              un grupo de niños a su montaña. Sí se refiere a un éxodo de niños la leyenda del flautista de
              Hamelín, que cuenta que, para vengarse de un agravio, llevó a todos los niños de la ciudad
              de Hamelín al río, donde se ahogaron.
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