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102 EDUARDO DEVRIENT
Muy interesante fue una visita a la fábrica de porcelana. Un marqués italiano
había sido ministro plenipotenciario en China y tuvo la oportunidad de estudiar
la fina fabricación de porcelana de los chinos. Como la población que rodeaba
Florencia era muy pobre, tuvo la idea de darle valor a la terre glaise de los
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alrededores y fundó esta industria, floreció enormemente y se hizo famosa. Hoy
se trae la tierra apropiada de Checoslovaquia. Un empleado muy cortés nos guió
por toda la fábrica. Vimos cómo se modelaban platos con ayuda de máquinas,
cómo se cocían y se pintaban, y de la cantidad de trabajadores pudimos dedu-
cir cuántos puestos de trabajo y salarios daba esta fábrica a la población.
También hicimos una visita al cementerio en la cima de la montaña. Gusto
italiano en las tumbas: todo en un desorden variopinto como las calles de las
ciudades italianas.
Fiesole. Monasterio, separación absoluta del mundo exterior. Pero tras la
ondulante cortina pudimos echar una mirada a los barbudos y viejos monjes que
a simple vista rezaban con especial recogimiento. /78/ Un joven y bello monje
que aceptó muy agradecido mis monedas nos mostró las celdas individuales:
pequeñas pero con vista al patio del convento lleno de flores y árboles.
También la visita a los cartujos fue interesante. El monasterio se parece a una
torre. Estos monjes también procuran hacer sus negocios: fabrican un licor que
uno de los hermanos ofrece a la venta. Dicho sea de paso, se ven imponentes
con sus trajes. En Fiesole los franciscanos usan hábitos marrones. Y todos
trabajan y juntan dinero para la gran organización de la iglesia católica.
Roma. Nuestra primera pensión fue cerca de la estación de tren, frente a la
fuente de agua, que especialmente de noche daba una impresión espectacular
con su iluminación eléctrica. En la mesa de enfrente comían unos japoneses que
se llevaban pequeños bocados a la boca. Debajo, al lado y encima de nosotros
sonaban gramófonos que no nos dejaban dormir. Nos mudamos a una pensión
danesa. Una duquesa napolitana era quien llevaba la batuta y reunía a los hués-
pedes a su alrededor. También había una pequeña condesa alemana que se
movía allí a sus anchas. El representante italiano de una casa inglesa importadora
de telas dedicaba mucha atención a Lisa. Incluso nos visitó después en Nápo-
les y llegó a expresar sus sentimientos mediante un cajón de majestuosas naran-
jas que su hermano nos alcanzó a bordo en Sicilia, cuando ya nos estábamos
yendo de Italia. Fue muy gentil de su parte, pero yo no le creía mucho cuando
decía que no se casaría por dinero. En el viaje de regreso de una excursión a
Frascati, íbamos sentados junto a un joven y su hermana. Lya y Lisa se mofaban
del joven en castellano y yo les dije: "Ustedes no saben si les entienden", a lo
cual el hombre se levantó y dijo: "Somos de Córdoba". Eran los hijos de un tal
doctor Wolf, que se había casado con una tal señorita Klausen. El padre había
fallecido, y la madre tenía una pensión en Roma.
/79/ Por supuesto decidimos que esa tenía que ser nuestra pensión, ya que
la señora Wolf y sus hijos nos caían simpáticos y sabíamos que íbamos a estar
muy bien atendidos. O sea que nos mudamos por tercera vez. La pensión se
encontraba frente al Palacio Real y diariamente escuchábamos el relevo de la
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