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            Muy interesante fue una visita a la fábrica de porcelana. Un marqués italiano
          había sido ministro plenipotenciario en China y tuvo la oportunidad de estudiar
          la fina fabricación de porcelana de los chinos. Como la población que rodeaba
          Florencia era muy pobre, tuvo la idea de darle valor a la terre glaise  de los
                                                                     72
          alrededores y fundó esta industria, floreció enormemente y se hizo famosa. Hoy
          se trae la tierra apropiada de Checoslovaquia. Un empleado muy cortés nos guió
          por toda la fábrica. Vimos cómo se modelaban platos con ayuda de máquinas,
          cómo se cocían y se pintaban, y de la cantidad de trabajadores pudimos dedu-
          cir cuántos puestos de trabajo y salarios daba esta fábrica a la población.
            También hicimos una visita al cementerio en la cima de la montaña. Gusto
          italiano en las tumbas: todo en un desorden variopinto como las calles de las
          ciudades italianas.
            Fiesole. Monasterio, separación absoluta del mundo exterior. Pero tras la
          ondulante cortina pudimos echar una mirada a los barbudos y viejos monjes que
          a simple vista rezaban con especial recogimiento. /78/ Un joven y bello monje
          que aceptó muy agradecido mis monedas nos mostró las celdas individuales:
          pequeñas pero con vista al patio del convento lleno de flores y árboles.
            También la visita a los cartujos fue interesante. El monasterio se parece a una
          torre. Estos monjes también procuran hacer sus negocios: fabrican un licor que
          uno de los hermanos ofrece a la venta. Dicho sea de paso, se ven imponentes
          con sus trajes. En Fiesole los franciscanos usan hábitos marrones. Y todos
          trabajan y juntan dinero para la gran organización de la iglesia católica.
            Roma. Nuestra primera pensión fue cerca de la estación de tren, frente a la
          fuente de agua, que especialmente de noche daba una impresión espectacular
          con su iluminación eléctrica. En la mesa de enfrente comían unos japoneses que
          se llevaban pequeños bocados a la boca. Debajo, al lado y encima de nosotros
          sonaban gramófonos que no nos dejaban dormir. Nos mudamos a una pensión
          danesa. Una duquesa napolitana era quien llevaba la batuta y reunía a los hués-
          pedes a su alrededor. También había una pequeña condesa alemana que se
          movía allí a sus anchas. El representante italiano de una casa inglesa importadora
          de telas dedicaba mucha atención a Lisa. Incluso nos visitó después en Nápo-
          les y llegó a expresar sus sentimientos mediante un cajón de majestuosas naran-
          jas que su hermano nos alcanzó a bordo en Sicilia, cuando ya nos estábamos
          yendo de Italia. Fue muy gentil de su parte, pero yo no le creía mucho cuando
          decía que no se casaría por dinero. En el viaje de regreso de una excursión a
          Frascati, íbamos sentados junto a un joven y su hermana. Lya y Lisa se mofaban
          del joven en castellano y yo les dije: "Ustedes no saben si les entienden", a lo
          cual el hombre se levantó y dijo: "Somos de Córdoba". Eran los hijos de un tal
          doctor Wolf, que se había casado con una tal señorita Klausen. El padre había
          fallecido, y la madre tenía una pensión en Roma.
            /79/ Por supuesto decidimos que esa tenía que ser nuestra pensión, ya que
          la señora Wolf y sus hijos nos caían simpáticos y sabíamos que íbamos a estar
          muy bien atendidos. O sea que nos mudamos por tercera vez. La pensión se
          encontraba frente al Palacio Real y diariamente escuchábamos el relevo de la



          72   Arcilla.
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