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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII             97



              mamá casi una pulmonía, que pudo ser evitada gracias a la enérgica intervención
              del médico hamburgués. Su salvación fue un baño muy caliente, en el que casi
              se desmaya. Ya entonces el médico constató un corazón débil, consecuencia
              de los muchos partos. Visitamos a la familia de Rudolf Devrient, donde vi a Edu,
              el hijo más joven, que más tarde me siguió los pasos viniendo a Argentina, y a
              cuyo destino he contribuido. /69/ Después de unos veinte días de estadía en
              Hamburgo nos fuimos a Berlín, donde nos hospedamos en el Parkhotel. El papá
              de Bob, capitán de corveta retirado, nos vino a saludar y le regaló a mamá un
              ramo de rosas. Los invité a cenar a él y a Alfred Devrient, la cabeza de la rama
              rusa de la familia, a Lutter & Wegener, e hice servir, en honor a nuestro gran tío
              Ludwig, lo mejor que tenía el tabernero. Fue una noche absolutamente material
              y sin ningún contacto personal. Los llevamos a un local bailable, donde el capi-
              tán tenía contactos cercanos y nos esperaban con una botella de espumante.
                 Alfred Devrient a su vez nos brindó una cena, donde conocimos a su muy
              simpática familia. La hija mayor se casó más tarde con un amigo de mi futuro
              yerno Rennenkampff; los hijos habían ido al colegio con él. Uno es comerciante
              en Mongolia, el otro trabaja en Giesecke & Devrient en Lipsia. Alfred Devrient
              había tenido que huir de San Petersburgo durante la revolución y abandonar
              todos sus bienes. La librería "Devrient" había enviado todos los libros escolares
              a Rusia, y el dueño había logrado estatus y fortuna. Todo estaba perdido, así
              que tuvo que comenzar nuevamente su camino. Una repentina muerte puso fin
              a su vida. Si se le hubiera podido o querido ayudar, hubiese podido seguir tra-
              bajando, porque era una persona inteligente, experimentada y emprendedora.
              En efecto, yo tenía la idea y el deseo de ayudarle, pero ¿cómo iba inmiscuirme
              en relaciones desconocidas si ya había tomado un préstamo para mí mismo?
                 Otra velada muy amena fue la que pasamos en lo del ingeniero Hans Wagner.
              Era el hijo de aquel Wagner que en 1895, había aportado los últimos 10.000
              marcos para mi intento de fundar un emprendimiento. /70/ Da cuenta de la
              confusión de aquella época el que un hombre como Hans Wagner, al cual yo
              consideraba inteligente y comercialmente hábil, se haya desprendido de su her-
              mosa y enorme casa, que valía una fortuna, a cambio de unos billetes, solo por
              el hecho de que llevaban impresa una cifra de miles de millones. Él también
              perdió su dinero y vive separado de su familia, pues quiere aunque sea mante-
              nerse solo. Su esposa, una alegre y buena austríaca que enseguida simpatizó
              con mamá, vive con su hija, la bella Jutta, que se había casado con un abogado.
              Encontramos algunas situaciones desagradables en la familia. En todas partes
              uno habría querido ayudar, y yo tenía la sensación de que esperaban de nosotros
              mucho más de lo que estábamos en condiciones de dar. La idea de que en
              América se encuentra el oro en la calle (para muchos, Argentina era América)
              los lleva a pensar que uno puede repartir dinero a manos llenas. Así que me
              quedó grabada en el alma más de una mirada de incomprensión. Si supieran
              con cuántas privaciones y esfuerzo se llega a tener dinero y con qué rapidez se
              escurre, comprenderían que, aún siendo "americano", uno tiene sus límites.
              Herta se distanció de su hermana Ilse, porque se sintió desfavorecida con la
              división de la herencia. Quizás realmente fue así, pero es lamentable que las
              hermanas no se vean ni se ayuden mutuamente. Ilse está muy bien casada.
              Herta se ocupó cariñosamente de nosotros. Sus hijos deben ser muy capaces.
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