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          terrenales, aspiraban con su estilo y su manera de vivir a cultivar especialmente
          la moral y a preservar el arte. Supe que no lo vería nunca más, cuando por la
          ventana me dirigió una última mirada con sus ojos húmedos. /74/ Habíamos
          invitado a nuestra familia y amigos a una pequeña comida en el Bären, una
          posada en la que Napoleón había pasado una noche después de su huida de
          Rusia. Mamá se ocupó de repartir sangría, como siempre lo hacía en casa, y
          con su segura mirada repartió con tanta exactitud que alcanzó para todos, lo
          que fue motivo de admiración de Frieda.
            De Weimar viajamos a Núremberg, donde tuvimos que pernoctar en un gran
          comedor detrás de biombos. Por lo menos no nos rechazaron. Mientras comía-
          mos las famosas salchichas en el Bratwurst-Glöckle, escuchamos en la mesa
          de al lado sonidos argentinos y familiares. Eso siempre era una verdadera alegría
          para nuestro corazón. Nos sentíamos hermanados con gente extraña, unidos
          por nuestro cielo azul argentino.
            De Núremberg fuimos a Múnich y al lago de Starnberg. Por supuesto que en
          tan pocos días no se puede conocer el encanto de una ciudad. En ninguna
          ciudad nos sentimos del todo a gusto, pero en las montañas bávaras Füssen
          nos quedó gratamente grabado en la memoria. En ese hermoso y único paisaje
          pasamos unos bellos días.
            Ni mamá podía resistirse al dios Gambrinus , y cuando Lisa y Lya dormían,
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          disfrutábamos a escondidas de la frescura de un buen trago abajo en el jardín.
          Era la única vez que mamá, que siempre era medida y nunca hablaba, comía o
          tomaba de más, estaba un poco más alegre, aunque solo un poco. El viaje nos
          llevó de Füssen al Lago Constanza y a Constanza. Les muestro la casa donde
          nací –que sigue estando junto al lago– y les cuento que en el gran salón, donde
          se llevó a cabo el Concilio de Constanza (1414-18) y que en mi juventud fue usado
          para almacenar trigo, yo jugaba a las escondidas con las niñas pequeñas. /75/
          También que los soldados, unos tipos grandes y barbudos, se alojaban con
          nosotros después de la guerra , y que durante las salvas de salutación salió
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          disparada una baqueta y resultaron muy mal heridos dos jóvenes parados frente
          a la casa, y que mi papá bajó unas reposeras en las que los llevaron al hospital.
          Una vez me fui a ver a un pintor que estaba pintando un barco en el puerto sobre
          una balsa abierta. Tengo la imagen grabada de mi padre que llegó asustado
          cuando por fin me encontraron. Yo recibí palizas y el pintor, regaños. Recuerdos
          de cuando tenía entre dos y cinco años.
            De Constanza, el viaje nos llevó a Lucerna, Berna hasta Champéry, donde
          pasamos un mes, hasta bien entrado septiembre, en el Hotel du Nord, o sea en
          lo de José Clément y su señora Aurora. Clément había sido mi quesero, había
          hecho dinero en La Constancia y regresado a su tierra natal, donde su mujer
          tenía un pequeño hotel. Voy a dejar de lado los relatos sobre todas las bellezas
          de la naturaleza de Suiza –eso tiene uno que verlo con sus propios ojos–, pero
          ver a la Dent du Midi casi al alcance de la mano y sus siete picos desde el dor-
          mitorio era un acontecimiento impresionante. Por supuesto éramos huéspedes

          70   Gambrinus es un héroe de las leyendas europeas y un ícono de la cerveza y de su fabri-
          cación, así como de la jovialidad.
          71   Referencia a la guerra de 1870-71 entre los Estados Alemanes y Francia.
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