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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII 95
XIII
/66/ La Constancia comenzó a prestarse mejor para la agricultura, ya que la
alfalfa después de unos veinte años dejaba de existir. Pero había abonado tanto
el suelo con nitrógeno, que la siembra de maíz rendía extraordinariamente. Se
agregó el problema de la crisis en los precios del ganado. En 1922 se vendían
vacas y terneros a 7 pesos, y novillos de engorde, que estando flacos habían
costado 150, se vendían a 40. Esta tormenta pude resistirla, en parte, por las
ganancias en la producción de leche.
Como evento familiar tengo que mencionar el casamiento de Paul von Hart-
mann con Carmen. El casamiento tuvo lugar en el Hotel Royal en Buenos Aires
y con cierta pompa, que estaba en relación con nuestro bienestar de ese
momento y se correspondía con la personalidad del novio. Paul von Hartmann
era un noble de la vieja guardia, su forma se parecía más a la de un húngaro que
a la de un alemán. Cuando pidió la mano de Carmen en La Constancia, dijo: "Solo
vengo a pedirle que me dé la mano de Carmen". Me animó primero a conocer
las tierras a arrendar cerca de Ibicuy. Eran 3000 hectáreas, que Stinnes había
agregado al arriendo junto a La Mazaruka. Nos pasamos dos días con Carmen,
Hartmann y Negrón chapoteando en el agua. Es que era tierra inundable, pero
también cubierta de vegetación tupida y con hermosos paisajes. La casa en el
Paraná era muy grande y relativamente confortable. Era una aventura para Car-
men, supuse que eso estaría en consonancia con su carácter, y no me equivoqué.
Pernoctamos entonces en La Mazaruka, donde conocimos a Van der Ven, que
era el mayordomo, un típico holandés tranquilo y confiable. La lancha de La
Mazaruka que nos había llevado también nos trajo de vuelta. La noche estaba
oscura, se levantó neblina y de repente nos encontramos varados sobre un banco
de arena. Maniobramos de aquí para allá y cuando nos soltamos habíamos per-
dido la dirección hasta tal punto que no sabíamos dónde el río corría para arriba
y dónde para abajo. /67/ Negrón, el administrador de Stinnes, tiró un pedazo de
papel al agua y así pudimos comprobar la dirección de la corriente.
En otra oportunidad llegué con esa lancha a La Argentina. Eso fue con mamá,
cuando llevamos a vender a Buenos Aires un Oakland, nuestro primer auto.
Antes de Zárate, y después de pasar un buen viaje, nos sorprendió una tormenta.
A último momento, el buen chofer de Bell Ville logró sacar el coche de un pozo,
pero llegamos empapados a Zárate. Tomamos el tren con ferry a Ibicuy, donde
nos esperaba Hartmann, que nos llevó a la lancha de La Mazaruka. Van der Ven,
con su cabeza tambaleante por el tifus, estaba parado en el timón, y mamá, de
buen ánimo y valor a pesar de la tormenta, la lluvia, la humedad y noches sin
dormir, nos hizo el viaje especialmente ameno y agradable cebándonos mate,
que después de tantos esfuerzos sabía especialmente rico, como todo lo que
mamá tomaba entre sus manos. Carmen estaba parada en la orilla y saludaba
ya desde lejos. Fue una alegre bienvenida en esa acogedora casa. Pero mamá
se llevó allí un gran susto: en un paseo rodeando la casa, casi pisa una yarará,
que alcanzó a erguirse.
El asunto de nuestro auto fue un fracaso, porque se taponó y solo pudimos
llegar hasta el paraíso que se encuentra delante de la puerta de A. Gil. Entonces
el chofer tuvo que ir debajo del auto y soplar la manguera de nafta para solucio-
nar el inconveniente. Nos decidimos a vender el auto en Buenos Aires, una "obra

