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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XII 91
XII
/60/ Después de un año hice una corta visita a la Argentina y a mi regreso orga-
nicé un viaje de verano a Dieppe. Nos bañábamos y jugábamos diariamente en
el mar. Una vez tuve que esforzarme para traer a Lola a la orilla, ya que la marea
había subido por sorpresa; Carmen sabía nadar. Otra vez unas grandes olas nos
tiraron a los tres a la playa y tuvimos dificultades en aferrarnos para no ser
devueltos al mar. Siempre me esforcé por alentar el valor y la resistencia en los
niños y ponerlos a prueba.
En el año 1914 tuve que viajar a la Argentina como consecuencia de malas
noticias en el curso de los negocios del Banco Agrícola. Tenía comprado el
pasaje de regreso a Hamburgo cuando repentinamente estalló la guerra, lo que
me retuvo cinco años en Argentina. Con los primeros alemanes que regresaron
a Alemania después de la guerra, me encontraba yo también en el Gelria. El
estado de ánimo era totalmente contrario a Alemania y fue un viaje muy desa-
gradable. Después de muchos retrasos llegué finalmente a Baden-Baden, donde
fui recibido por mamá, Lola y Carmen. Mamá estaba visiblemente delgada por
la mala alimentación. En el jardín me presentaron a Paul Jochum, mi descono-
cido yerno, sobre el que recién supe algo en Ámsterdam, a través de Carlitos
Devrient, que volvía a la Argentina.
La casa fue vendida, y la familia se preparó para el regreso a Argentina. Nadie
quería quedarse en Alemania, todos extrañaban La Constancia. En aquel enton-
ces, en Alemania lamentablemente la situación no era agradable. Fue un viaje
memorable. De entrada, fue muy difícil conseguir diez pasajes en uno de los
pocos y, por ende, repletos vapores. /61/ Barcos alemanes ni siquiera había,
solamente los holandeses mantuvieron su acostumbrado tráfico con el Gelria,
el Zelandia y dos barcos más. Ya estábamos considerando la posibilidad de
viajar separados, cuando de repente recibimos un telegrama, que decía que
había lugar para diez personas en uno de los vapores de carga de la línea Cosu-
lich desde Trieste, acondicionado para transportar personas. Naturalmente no
era un viaje de lujo, pero la posibilidad de conocer Suiza e Italia era muy tenta-
dora. Un agente de la aduana controlaba el embalaje de las pertenencias en
nuestra casa y una mañana, acompañados por amigos, entre los cuales se
encontraba el consejero de comercio Fremery , que le había echado ojo a
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Carmen para su hijo, abandonamos Baden-Baden y tomamos un tren rápido a
Basilea. Iba especialmente lleno y noté una atmósfera de ahogo y hostilidad entre
los pasajeros. Uno abría una ventana y el otro la volvía a cerrar, y la gentuza que
dirigía el tren se acomodaba a sus anchas y hacía notar que eran los patrones.
Acostumbrado a la franca camaradería en Argentina, donde todas las naciones
del mundo conviven en paz, sufrí como nunca, y justamente en mi propia patria,
la aspereza de las personas. La revisación en la aduana de Basilea, donde hasta
Lisa tuvo que abrir su estuche de violín y el funcionario alemán aceptó sin vaci-
lar la propina ofrecida, nos causó una última y desagradable sensación. Después
vino la revisación en la aduana suiza, y el simpático y franco funcionario nos hizo
61 "Se trataba sin duda del Dr. Max Fremery (1859F-1932), en 1892 fue uno de los inventores
de la seda artificial (=celulosa cúprica ≈viscosa), producto que formó la base de la fortuna de
los Fremery". (Delius 2018: F 40-41)

