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90 EDUARDO DEVRIENT
portones del presidio, que se encontraban al lado del colegio –detrás de cuyos
muros, siendo estudiante yo había visto desaparecer a más de un vagabundo
conducido por la policía–, se abrieron ante nosotros con un ruido de llaves y fui
llevado a un edificio que siempre me había infundido cierto espanto. La vida
detrás de esos muros siempre me había parecido un misterio. Me presentaron
al guardia. Este me debía llevar a toda hora a ver a los prisioneros, siempre que
yo quisiera negociar con ellos. Cuando era el horario de la comida, lo que siem-
pre llamaba mi atención era el aroma al coliflor hervido y condimentado con
comino que preparaba la señora del guardia para los prisioneros. No la pasaban
nada mal. Las celdas tenían luz, aire y espacio, y entiendo muy bien por qué
algunos muchachos que vagaban por ahí lo tomaban como un alivio: podían
descansar de vez en cuando algunos días y recibir suficiente comida.
Mi primer caso fue un empleado de comercio que le había robado el reloj a
un colega para empeñarlo. Había estado necesitado de dinero para poder salir
con su chica. Aunque había recuperado el reloj y luego lo había devuelto, la
denuncia ya estaba en la policía y tuvo que ser encarcelado. Por esto perdió su
empleo, y yo debía buscarle otro. Y esta es la maldición de las malas acciones:
la gente no quería saber nada de personas con antecedentes penales. Solo con
extrema dificultad lograba vencer esos prejuicios relatando cómo un joven puede
perder el dominio sobre sí mismo y tomar el mal camino, después de lo cual les
indicaba que es obligación de sus semejantes darles a los hermanos caídos una
posibilidad de levantarse y arrepentirse de su paso en falso. Cuando llegó el día
de la liberación, fui a buscar al muchacho a la prisión y lo llevé por las calles de
Baden hasta llegar a la municipalidad. /59/ Allí solicité para él una pequeña sub-
vención con que comprarle un cuello limpio, corbata, etc., para que por lo menos
le diera una impresión confiable a su nuevo jefe, aunque sea por su aspecto
exterior. Llevé al muchacho de una oficina a la otra hasta llegar al intendente, y
así logré vestirlo y ubicarlo. Una vez que este primer caso quedó bien resuelto,
me ocupé intensamente de otros. Un hombre se encontraba por tres años en la
prisión de Mannheim por robo. Su mujer con varios niños vivía en Oos y como
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en la misma vivienda vivía también otro trabajador, se dio naturalmente el hecho
que viviera con ella y la ayudara. La mujer había solicitado apoyo al intendente,
ya que no tenía ingresos y debía alimentar a sus hijos. El intendente le negó la
ayuda, porque se había enterado del cambio en su vida. La asociación me había
solicitado interceder en el asunto. La mujer me juró que lo había hecho solamente
en su desesperación y prometió no hacerlo más. En consecuencia, le ayudé a
obtener una buena colaboración de parte de la asociación. Luego me enteré de
que ella no mantuvo su promesa; sin embargo, me dijo que se iba a divorciar y
casar con el otro. Siempre estaba yo inclinado a entender y a perdonar, y tenía
mis sentimientos a flor de piel, en contraposición a la visión jurídica del intendente.
Eso me granjeó muchas simpatías, los empleados de menor rango estaban de
mi parte y se alegraban cuando podía ayudar a un pobre hombre. Igualmente
éramos muy buenos amigos con el intendente. Él me invitaba a muchos actos
oficiales. También estuve presente en sesiones de juicios en los tribunales.
60 Referencia a un distrito de Baden-Baden.

