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          tomar conciencia nuevamente de que estábamos en un país libre y democrático,
          donde se podía hablar y reír. Además no aceptó la propina y dijo: "A mí me pagan
          lo suficiente por mis servicios". Un pueblo vencido, que se sentía herido en su
          honor militar, que había sido traicionado por el presidente de un país grande y
          se encontraba regido por un partido que no era acorde a sus tradiciones, no
          podía de ninguna manera mantener su equilibrio.
            /62/ Mientras que nosotros, los extranjeros, no veíamos manchado el honor
          de las armas, los alemanes, especialmente los oficiales, temían justamente lo
          contrario. El comandante de un submarino me pidió expresamente que actuara
          en el extranjero para que no se ultrajara el buen nombre alemán. No podía creer
          que, por lo menos en Sudamérica, se reconocía ampliamente la heroica capa-
          cidad del ejército alemán, aunque hubiera perdido la guerra. Recuerdo todavía
          a un mulato que vociferaba en un tren: "Me gustan los alemanes, aunque se le
          están montoneando todos, pelean como leones."
            No pudimos continuar enseguida con el viaje y tuvimos que pernoctar en
          Basilea. Saciar a una familia tan grande no era fácil en ningún país y solía ser un
          dolor de cabeza para más de un posadero, pero los bifes y las papas que comimos
          allí fueron de lo más sabrosos. Y los chicos se veían felices. Quería mostrarle
          Basilea a la familia. Carmen y los más pequeños debían adelantarse y esperarnos
          en la estación de tren a mí, a mamá y a Lola. Pero cuando llegamos, no se veía a
          ninguno de los niños. Emprendí la excursión solo con mamá y Lola para darles
          una lección, pero a nuestro regreso los niños tampoco estaban en el hotel. Carmen
          había pedido prestados 10 francos al maître, había tomado un auto y también
          había recorrido la ciudad con los pequeños. Eduardo controlaba el valor durante
          el viaje y estaba más pendiente del taxímetro que de las bellezas de Basilea. El
          sentido de independencia de Carmen ya se hacía notar en esos tiempos.
            En Suiza no nos podíamos quedar, porque solamente teníamos un permiso
          de tránsito. Por ello viajamos a través del Paso de San Gotardo, llegamos a Como
          a la una de la madrugada y pernoctamos en un simpático hotel a orillas del lago.
          Lo próximo sería al día siguiente el control de la aduana. El dueño de la posada
          me guiaba y no hubo ningún inconveniente. /63/ Con algunos paseos en góndola
          por el lago, un viaje en ómnibus hacia Bellagio, que en la noche nos pareció
          especialmente aventurero, y un viaje en buque de vapor tuvimos un amplio
          panorama de las bellezas de los lagos de los Alpes del norte de Italia.
            En Milán, Alfred hizo una huelga en la calle. No quería llevar más la mochila
          y explicaba que tenía hambre, pero los demás querían entrar a un cine. Final-
          mente visitamos la catedral y sus tesoros.
            A la noche, partida hacia Venecia. Tormenta y compartimientos separados
          en un tren repleto de oficiales que volvían a casa. Paul se acomodó en primera
          clase y tuvo que abonar la diferencia. Unos trasnochados búlgaros roncaban
          frente a nosotros. A la una de la madrugada llegada a Venecia. "¡Gondola,
          padrone!" Tomamos asiento en una. Un mendigo acerca su sombrero para que
          le demos una limosna. Lya no conocía esto de Alemania. Creyó que era el som-
          brero de Alfred, que se le había caído de la cabeza y se lo arrancó al mendigo.
          Me costó esfuerzo comprender lo que pasaba y ayudarle al mendigo a recupe-
          rar su sombrero. El remo chapoteaba, la negra góndola se deslizaba por la
          silenciosa noche. El silencio era interrumpido solamente por los saludos de los
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