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104 EDUARDO DEVRIENT
gonzados, a pesar de que estábamos todos vestidos de negro y las damas con
sus cabezas envueltas en pañuelos negros. Pero al día siguiente no fuimos a lo
del sacerdote, sino que el joven Wolf nos consiguió tarjetas de la delegación
argentina, que permitían ingresar a la audiencia del Papa. /81/ Solo teníamos
que prometer que nos atendríamos a todas las indicaciones. Porque ya había
ocurrido, por ejemplo, que protestantes alemanes no quisieran arrodillarse. Des-
pués de mostrar nuestras tarjetas de ingreso a la guardia suiza, en el Vaticano
nos apuramos a subir las escaleras para llegar a la hora indicada, donde nos
recibieron lacayos finamente uniformados que nos repartían en grupos de cua-
trocientas personas por los distintos salones. Había bancos y sillas contra las
paredes y nos pudimos sentar, su Santidad podía tardar mucho en venir. Era
una interesante mezcla de personas de todos los países y clases sociales la que
estaba allí sentada. Por fin se escucharon aplausos en la sala contigua. El lacayo
miró a través de la cerradura y gritó: "¡A ginocchio!". Todos se arrodillaron, su
Santidad ingresó y le alcanzó a cada uno su anillo para que se lo besara. Era
una cara espiritual, serena y seria, y con gusto hubiera hablado con él tuteándolo,
pero él pareció oler en mí al hereje porque me sacó el anillo rápidamente, mien-
tras que mamá pudo apretar un segundo más sus labios sobre el anillo con total
fervor. Finalmente, el Papa nos dio las bendiciones y se dirigió a la otra sala,
acompañado de los entusiastas aplausos de los bendecidos.
Lo vimos otra vez ingresando a la Iglesia de San Pedro, después de hacer
abrir la puerta tapiada , debajo de un majestuoso palio llevado por ocho jóvenes.
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La música se adelantaba a su llegada, se tocaba una marcha, lo acompañaban
oficiales y funcionarios con uniformes suntuosos, lo abanicaban jóvenes con
grandes movimientos de plumas blancas de pavo real, y la multitud gritaba: "¡Viva
il papa Re!". Pero yo pensaba en la entrada de Jesús en el burro y la sencilla
población que le abría paso con hojas de palmeras.
A los mayores de la congregación –especialmente la congregación griega
católica había enviado dignos y barbudos representantes–, su Santidad les dedi-
caba el lavado de pies. /82/ Para ello se sacó la tiara, convirtiéndose en el siervo
más humilde de Dios. Luego se la colocó nuevamente y volvió a ser el Papa.
Mientras duró el acontecimiento, en todos los confesionarios se confesaba y
con una larga palmeta se otorgaba el perdón, incluso para los pecados futuros
hasta el año 1938. Pero en ciertas librerías uno podía comprar la indulgencia de
todos los pecados por 50 liras y como factura se recibía un certificado firmado.
Vi a tres mujeres avanzando de rodillas desde la entrada hasta el altar. La de
adelante, una anciana con la mirada fija en el altar, se cayó varias veces. Una
más joven, quizás su hija, la ayudaba a incorporarse. Y así continuaron hasta
finalizar con las promesas. En la iglesia lateranense vi a la gente subir las esca-
leras de rodillas. En el centro se encontraba tras un vidrio la sangre de Jesús.
Había que besarlo y un sacerdote vigilaba que nadie dejara de hacerlo. ¡Qué
antihigiénico!
74 Una puerta que solamente se abre en ocasiones especiales, como un jubileo. El viaje de
los Devrient coincidió con un jubileo, según leímos poco antes. Varias iglesias en Roma y fuera
de ella tienen esas puertas que suelen permanecer sin uso salvo en tales ocasiones.

