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          gonzados, a pesar de que estábamos todos vestidos de negro y las damas con
          sus cabezas envueltas en pañuelos negros. Pero al día siguiente no fuimos a lo
          del sacerdote, sino que el joven Wolf nos consiguió tarjetas de la delegación
          argentina, que permitían ingresar a la audiencia del Papa. /81/ Solo teníamos
          que prometer que nos atendríamos a todas las indicaciones. Porque ya había
          ocurrido, por ejemplo, que protestantes alemanes no quisieran arrodillarse. Des-
          pués de mostrar nuestras tarjetas de ingreso a la guardia suiza, en el Vaticano
          nos apuramos a subir las escaleras para llegar a la hora indicada, donde nos
          recibieron lacayos finamente uniformados que nos repartían en grupos de cua-
          trocientas personas por los distintos salones. Había bancos y sillas contra las
          paredes y nos pudimos sentar, su Santidad podía tardar mucho en venir. Era
          una interesante mezcla de personas de todos los países y clases sociales la que
          estaba allí sentada. Por fin se escucharon aplausos en la sala contigua. El lacayo
          miró a través de la cerradura y gritó: "¡A ginocchio!". Todos se arrodillaron, su
          Santidad ingresó y le alcanzó a cada uno su anillo para que se lo besara. Era
          una cara espiritual, serena y seria, y con gusto hubiera hablado con él tuteándolo,
          pero él pareció oler en mí al hereje porque me sacó el anillo rápidamente, mien-
          tras que mamá pudo apretar un segundo más sus labios sobre el anillo con total
          fervor. Finalmente, el Papa nos dio las bendiciones y se dirigió a la otra sala,
          acompañado de los entusiastas aplausos de los bendecidos.
            Lo vimos otra vez ingresando a la Iglesia de San Pedro, después de hacer
          abrir la puerta tapiada , debajo de un majestuoso palio llevado por ocho jóvenes.
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          La música se adelantaba a su llegada, se tocaba una marcha, lo acompañaban
          oficiales y funcionarios con uniformes suntuosos, lo abanicaban jóvenes con
          grandes movimientos de plumas blancas de pavo real, y la multitud gritaba: "¡Viva
          il papa Re!". Pero yo pensaba en la entrada de Jesús en el burro y la sencilla
          población que le abría paso con hojas de palmeras.
            A los mayores de la congregación –especialmente la congregación griega
          católica había enviado dignos y barbudos representantes–, su Santidad les dedi-
          caba el lavado de pies. /82/ Para ello se sacó la tiara, convirtiéndose en el siervo
          más humilde de Dios. Luego se la colocó nuevamente y volvió a ser el Papa.
          Mientras duró el acontecimiento, en todos los confesionarios se confesaba y
          con una larga palmeta se otorgaba el perdón, incluso para los pecados futuros
          hasta el año 1938. Pero en ciertas librerías uno podía comprar la indulgencia de
          todos los pecados por 50 liras y como factura se recibía un certificado firmado.
            Vi a tres mujeres avanzando de rodillas desde la entrada hasta el altar. La de
          adelante, una anciana con la mirada fija en el altar, se cayó varias veces. Una
          más joven, quizás su hija, la ayudaba a incorporarse. Y así continuaron hasta
          finalizar con las promesas. En la iglesia lateranense vi a la gente subir las esca-
          leras de rodillas. En el centro se encontraba tras un vidrio la sangre de Jesús.
          Había que besarlo y un sacerdote vigilaba que nadie dejara de hacerlo. ¡Qué
          antihigiénico!



          74   Una puerta que solamente se abre en ocasiones especiales, como un jubileo. El viaje de
          los Devrient coincidió con un jubileo, según leímos poco antes. Varias iglesias en Roma y fuera
          de ella tienen esas puertas que suelen permanecer sin uso salvo en tales ocasiones.
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