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106                      EDUARDO DEVRIENT



          niños en la montaña. Por las dudas, nos manteníamos cuidadosamente detrás
          del guía que nos habían encomendado. Él era renano y decía que había entrado
          al monasterio por una mujer. Vimos osamentas y muchas cosas tenebrosas,
          pero luego nos sorprendimos ante una copia de la Santa Cecilia, realizada por
          un reconocido maestro. Nos la iluminaron con luz eléctrica. Santa Cecilia es una
          mártir, que iba a ser decapitada por sus creencias. Pero después de fallar dos
          veces en su golpe, según las leyes el verdugo no podía intentarlo una tercera
          vez. También en el monumento es bien visible la cicatriz. Finalmente fue asfixiada
          con vapor en su propia casa. Vimos la casa y el baño; una iglesia se encuentra
          sobre la misma. El cadáver fue cedido a los cristianos y colocado en un ataúd.
          Cuando lo abrieron después de 500 años, encontraron el cadáver muy bien
          conservado. Después de eso fue declarada santa. Quizás la santa se llamaba
          Teresa, no lo sé con exactitud. Los monjes se conformaban con recibir como
          único óbolo de cada visitante una lira por cada vela de cera, bajo cuya luz nos
          encaminamos hacia las profundidades del mundo.
            Otra interesante visita nos llevó a unos aposentos donde se había escondido
          San Pedro. Nuestro guía, esta vez un hombre originario de la isla de Córcega
          que nos hablaba en castellano, contaba que de repente trabajando con un pico
          se encontró con un agujero, lo traspasó y cayó en un pozo.
            Desde ese pozo descubrió una escalera que llevaba a esas salas. Los escri-
          tos en las paredes daban cuenta de la estancia de San Pedro en el lugar. "Se
          non e vero, e bene trovato" . Después de todo fue interesante.
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            /85/ Pero después descubrí que todas las antigüedades, como jarritos de
          lágrimas, floreros y otros objetos que me habían vendido como auténticos, eran
          espantosas copias y muchas me empezaron a parecer sospechosas. Evidente-
          mente había que ofrecerles algo a los visitantes de Roma.
            Así como el Papa y la Iglesia solamente podían despertar en mí una impresión
          ambigua, Roma me causó una impresión superior en lo artístico. Se me encen-
          día el interés por el arte al estar entre los muros que hablaban de tiempos pasa-
          dos y al ver todas las estatuas, obras y cuadros. Ya la mañana siguiente a
          nuestra llegada intenté conseguir un lugar para Lya en la Academia Estatal Ita-
          liana de Arte, y si era posible, uno para mí también. Hablé largo rato con la
          responsable. Finalmente me convenció de que teniendo en cuenta nuestra corta
          estadía y nuestra nacionalidad extranjera, lo intentara en la Academia Inglesa.
          Enseguida me encaminé hacia allá, toqué una primitiva campana y subí por una
          angosta escalera de madera. Arriba me recibió un amable señor que enseguida
          se mostró dispuesto a satisfacer mi deseo, y después de darle información sobre
          mi persona, opinó: "Bueno, entonces podemos seguir hablando en alemán". Era
          el profesor Lipinsky de Berlín. Al día siguiente ingresamos Lya y yo como alum-
          nos en la academia. No puedo describir cuánto disfruté de esas clases. No era
          el mejor ni tampoco el más viejo que estaba sentado frente a un atril, pero sí el
          más aplicado de los alumnos. Un empresario industrial de Silesia de setenta
          años, el dueño de un molino de Australia, un príncipe Thurn und Taxis junto a
          damas de la alta sociedad de distintos países, y luego los verdaderos jóvenes



          76   Si no es verdad, está bien inventado. Dicho italiano.
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