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SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII 101
preferenciales y Madame Clément nos alimentaba con las delicias del bosque,
moras y hongos, mientras que José nos organizaba las mejores excursiones y
me llevaba a la casa de todos sus parientes en el valle. Y todo el valle estaba
emparentado con él. Mis 57 años no se me notaban y yo mantenía valientemente
el paso junto a los alpinistas. Compitiendo con Lya, todo lo que veía lo llevaba
con un lápiz al papel. Mamá lamentablemente no podía caminar bien y yo hubiera
querido llevarla siempre con mucho gusto. Enseguida hice que Lisa y Lya toma-
ran clases de francés, y creo que les fue útil a las dos. Llegaba la nieve y era
tiempo de pensar en ir al sur. A través del túnel ferroviario de Simplon, fuimos a
Italia, primero a Florencia.
/76/ Para entender el estilo de construcción original de las viejas casas de
Florencia, hay que transportarse a los tiempos de luchas entre güelfos y gibeli-
nos. En Florencia se encuentran no menos de setenta casas amuradas y todas
tienen ventanas recién a los diez metros de altura. Así que la parte baja de los
edificios tiene un aspecto liso y tenebroso, similar a una cárcel. En los muros
hay sujetos unos aros, en los que los agresivos habitantes podían sujetar sus
caballos. En las calles y los museos encontramos en espíritu a Leonardo da
Vinci, Michelangelo y Savonarola. Es bueno hojear la historia para entender todo
y vale la pena hacerlo. En todas partes había recuerdos de tiempos pasados.
Quizás el más evidente sea el del gremio de sepultureros. Se formó una secta
de hermanos misericordiosos que se ocupaban de enterrar a los muertos cuando
la peste asolaba Florencia, los cadáveres se pudrían en las calles y todo apes-
taba. Para protegerse de los contagios tenían unas máscaras negras, llevaban
un gorro alto y rojo, y un caftán negro. El gobierno recompensaba a la orden
con privilegios, y en la actualidad todavía realizan su solidario servicio con estos
trajes. Aún hoy uno de esos entierros con antorchas sigue siendo un recuerdo
horroroso. También vimos bautismos y, como protestantes, no podíamos dejar
de asombrarnos de las costumbres de la iglesia católica.
Con Lya cruzamos el puente con sus curiosidades e innumerables locales
comerciales, donde se podían comprar recuerdos de Florencia. En uno estaba
expuesta una acuarela, sobre la que le llamé la atención a Lya y le dije: "¡Si vos
pudieras dibujar un cuadro así!". Entramos al negocio, compré la acuarela por
200 liras (= 20 pesos) y le pregunté al comerciante:
–¿Quién es el pintor?
–¿Para qué quiere saberlo?
–Porque quiero que mi hija tome clases con él.
–Eh bien, c'est moi –habíamos llegado al francés.
Lya tuvo que pintar acuarelas en las calles de Florencia, algo muy lejos de
su gusto. /77/ ¡Pobre! Tener un papá interesado en el arte a veces es un tanto
incómodo. El pintor venía a corregirla y desalentaba aún más a su alumna con
sus palabras: "Eh bien, est-ce que vous trouvez cela beau?" A lo cual, Lya siem-
pre respondía: "Mais pas du tout". Era un pintor fracasado que para poder vivir
había abierto el local de antigüedades. Su bellísima esposa morena le ayudaba,
habían venido de París. Hacíamos excursiones por los alrededores y nos asom-
brábamos diariamente de las corrientes amarillas del río Arno. Pero a mamá le
gustaba más ir con sus hijas al café de arriba, cerca del monumento a Garibaldi.
Tenía hermosas vistas a las muchas torres de Florencia y se escuchaba música.

