Page 105 -
P. 105
SETENTA AÑOS. RECUERDOS. PARTE XIII 103
guardia bajo los sonidos de la Giovinezza . Al atardecer llegaban miles de pája-
73
ros para pasar la noche en las ramas de los árboles y arbustos del jardín.
En la pensión conocimos al doctor Hardt, un responsable de prensa con los
modales de un estudiante universitario, miembro de una corporación estudian-
til, muy decente y siempre con cuello almidonado. También estaba cierto profe-
sor Nowack del Instituto Arqueológico con su ingeniosa mujer, de una reconocida
familia de arquitectos. Él hacía investigaciones en el capitolio. Tuve ocasión de
acompañarlo y me asombré de que supiera leer tantas cosas en las ruinas del
pasado. "¿Ve usted las monedas derretidas y aplastadas? Aquí estaban los
puestos de venta cuando comenzó el gran incendio. Esta es la piedra de la
tumba de Rómulo o quizás esta, no se sabe bien cuál. Y aquí están los pasadi-
zos bajo tierra de Calígula, que llevaban del palacio hacia las habitaciones de
las vestales, y este es el lugar donde fue asesinado." Y así, una cosa digna de
ser vista tras otra. Fueron horas muy ricas. También supe a través de él cosas
interesantes sobre los misterios eleusinos, ya entonces el sacerdocio sabía
manejar a las multitudes con todo tipo de artimañas: tres días encerrada en la
oscuridad, sin comida ni bebida, de repente se levantaba un cortinado, y la
multitud veía y creía lo que se le inducía a creer.
Roma sin Papa sería la mitad de interesante. Tuvimos la suerte de estar allí
el año del Jubileo, durante el cual volvía a abrirse la puerta amurallada de la
Iglesia de San Pedro. De todos los países venían las órdenes religiosas: hindúes
con sotanas de color rojo intenso, otros con sotanas blancas y otros con sotanas
negras. /80/ Por todos lados ondeaban sotanas al viento. En Florencia ya había-
mos visto procesiones de peregrinos. El cura, el maestro y el alcalde llevaban a
los grupos, que habían llegado en trenes especiales, a besar el anillo de sello
del Santo Padre, a visitar los sitios consagrados y conocer Roma. Todo estaba
espectacularmente organizado: trenes, alojamientos en hoteles, visitas guiadas
a Roma, etc. E increíblemente, todo a precios muy económicos.
El hijo del profesor Lipinsky, que había sido nuestro maestro en la academia
de pintura inglesa, y sobre el cual volveré a hablar más tarde, fue nuestro guía
en Roma. Era el guía de un grupo de peregrinos alemanes que venía del río Rin.
Como nosotros también deseábamos ver al Papa, nos prometió que trataría de
infiltrarnos en el grupo de peregrinos.
Los peregrinos no tuvieron inconveniente, pero cuando atravesamos el patio
guiados por Lipinsky, el organizador, un joven y enérgico sacerdote, llamó a Lya
y le preguntó dónde quería ir. Ella no contestó y Lipinsky intervino, pero fue
interrumpido bruscamente: ¿cómo se le ocurría traer gente que no pertenecía
al grupo y que encima no hablaba alemán? Lipinsky sacó su libro de notas y
dijo: "Dígame su nombre". Pero el sacerdote lo encaró furioso: "Lo que me fal-
taba, tener que rendirle cuentas yo a usted". Entonces le expliqué al hombre lo
ocurrido en breves palabras. Y seguramente teniendo en cuenta mi alemán, o
quizás por las caras de mártir de mis damas, dijo con gran amabilidad: "Mañana
a las diez quiero hablar con usted en mi oficina". Nos retiramos bastante aver-
73 Se refiere a la Giovinezza (Juventud), el himno del partido fascista de Mussolini entre 1924
y 1943, posteriormente utilizado junto a la Marcha Real en el Reino de Italia y oficialmente
durante la República de Saló. "Oggi brilla in tutti i cuor. ... Del fascismo redentor".

