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           Mucho trabajo nos costó transbordar el equipaje. Yo era el único que sabía
           unas palabras de castellano, que había aprendido durante nuestra travesía
           marítima. Una y otra vez /216/ debí lidiar con el personal de la estación
           para lograr hacerme de todo mi equipaje. Lo peor fue en Añatuya, donde
           un peón  ya había apartado dos cajones, uno de ellos el mío, y no quería en
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           absoluto entender que me pertenecía. Tuvo que intervenir el jefe de esta-
           ción para que recuperásemos nuestros bienes.
              El domingo, a las tres de la tarde, llegamos a Charata.

           Charata
           La llegada fue demoledora. Habíamos esperado encontrar algo como una
           administración de colonias con un hotel de inmigrantes y vimos, con es-
           panto, que debíamos valernos por nosotros mismos. El hombre  entendió
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           que había cumplido con sus obligaciones sentándonos en el tren en Buenos
           Aires. Por aquellos tiempos, Charata era una mísera aldea de ranchos de
           adobe. Para colmo de males, apenas nos apeamos nos invadió una nube
           de langostas. Eran las primeras que yo y la mayoría de nosotros veíamos en
           nuestras vidas. Se oscureció el sol; miles volaban alrededor de nuestras ca-
           bezas y golpeaban nuestras caras; los niños se escondían a los gritos debajo
           de las faldas de sus madres; una berlinesa rompió en un llanto desgarrador
           y nada lograba tranquilizarla. Yo clasificaba el equipaje con los demás hom-
           bres, mientras trataba desesperadamente de defenderme de las langostas.
           Nunca más sufrí una plaga de langostas tanto como esta a nuestra llegada a
           /217/ Charata, aunque ahora sé que no pasó de ser una pequeña invasión de
           las que preceden o suceden a la verdadera y que se pasan por alto. Charata
           no era más que un par de ranchos de adobe pero cada uno era un hotel o un
           negocio. Éramos los primeros inmigrantes y todos veían en nosotros un buen
           negocio. Entre las viviendas se encontraba una hostería alemana. El hombre
           pedía 6 pesos por cabeza, luego 4 pesos por día. Con mi dinero me habría
           alcanzado para dos días. De todos modos, esto no entraba en consideración
           para mí, pues mi proyecto era que el Estado me adjudicase un terreno donde
           instalarme, para lo cual necesitaría los pocos pesos que me quedaban.
              Le pedí al jefe de estación que me acondicionara un vagón de carga
           vacío para pasar la noche, ya que había varios estacionados allí. Los otros
           miembros de la comitiva fueron al hotel. Pasé el equipaje al vagón y extendí
           unas mantas. Los niños se durmieron casi enseguida, pero yo pasé la no-
           che revolcándome en el suelo sin poder dormir por las preocupaciones. Mi
           mujer no dijo una palabra ni derramó una sola lágrima. Otra en las mismas
           condiciones se habría desesperado.
              A la mañana siguiente apareció el dueño alemán de la hostería y me
           ofreció un cuarto gratis. Opinó que aquí en el Chaco la mercadería valía
           más que el dinero en efectivo y dado que yo traía once grandes cajones…
           Esto ni se me había ocurrido. Nos trasladamos, pues, al hotel. El hotelero

           realizó la copia existente, que por ende se convierte en original a partir de 1936. Véase en
           este tomo sobre el tema las pp. 98-99. (N. de la T.)
           6    Se transcriben en bastardillas las palabras que el autor usó en castellano. (N. de la T.)
           7    Se refiere al doctor Stichel. (N. de la T.)
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