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FAMILIENCHRONIK MS. BUENOS AIRES, CHARATA, 1921-1924  107



               caí de plano. Había tropezado con una hermosa corzuela. Para cuando me
               hube levantado, había desaparecido. Ahí perdí el dominio de mí mismo. Era
               como si todo se conjurara en mi contra. Llorando a gritos y maldiciendo me
               tiré al suelo y fui a parar a un montón de blando estiércol porcino. Esto me dio
               nuevos ánimos. Me arrastré siguiendo la huella de la corzuela, internándome
               cada vez más en el bosque. De pronto se hizo de noche. En lugar de pasar
               la noche allí, hice lo peor que podía haber hecho. Calculé que mi casa se
               encontraba hacia el noroeste y me arrastré trabajosamente en esa dirección,
               guiándome por las estrellas. Naturalmente, erré el camino. Para no perderse
               en el bosque hay que ser un indio nativo o, cuanto menos, haber heredado
               su instinto. Las espinas me rasgaban la ropa y me hacían sangrar. Al rato,
               afiebrado, caí en un pozo y quedé inmóvil. El bolsillo del saco donde llevaba
               los cartuchos se había roto y no me quedaban más de cinco en el depósito.
               Supe luego que nadie había escuchado mis disparos. Habré dormido /222/
               un rato cuando desperté de golpe, sintiendo instintivamente que un peligro
               me acechaba. Me vi entonces frente a dos luces verdosas y olí la fiera. Un
               tigre, pensé. Intenté apuntar el arma ya que, como viejo soldado que era,
               seguía sosteniendo mi fusil en la mano aun dormido. Pero fue imposible. No
               recuerdo bien qué sucedió después. A la tarde del día siguiente unos indios,
               peones de González que mi mujer había mandado a buscarme, me encon-
               traron, inconsciente, sobre un árbol de quebracho blanco y me llevaron a mi
               rancho (todavía no teníamos casa), donde una anciana india me cuidó hasta
               que recuperé la salud. Ella también vio que no teníamos nada que comer y
               nos proveyó de alimento. Dios le pague esta buena acción. Hace tiempo ya
               que está en la eternidad; murió un año más tarde en mis brazos. Al “tigre” lo
               mataron el mismo día en la cueva en que yo había caído. Era un gran ejemplar
               de aguarazú guazú, el lobo del Chaco.
                  La casa que acabábamos de construir, además de hermosa, era a prue-
               ba de balas. Los troncos de quebracho colorado de 4 metros de altura ha-
               bían sido enterrados verticalmente en tierra. El entramado del techo era de
               quebracho blanco. Rellenamos los intersticios con rollos de pasto seco em-
               papado en barro. Luego revocamos todo con barro, tapando el maderamen.
               Primero cubrimos el armazón del techo con pasto, luego broza, después
               con una capa de tierra de un metro de espesor alisada a golpes y finalmente
               con un revoque de adobe (hecho con bosta de vaca). Era absolutamente
               impermeable. Hubo una ocasión /223/ en que llovió durante nueve días se-
               guidos y no se filtró la menor humedad. La casa disponía de dos ambientes,
               cada uno de 4 por 4 metros, una cocina y dos galerías. Era fresca en verano
               y cálida en invierno. Se vivía muy confortablemente en ella.
                  Charata se pobló de la noche a la mañana. A fines de 1922, habrán sido
               cinco mil las familias que se habían asentado allí , en su mayoría alemanas. Mi
                                                      11
               11    Este punto ha sido estudiado por Hans Knoll (“El Chaco después de la Primera Guerra
               Mundial: los colonos alemanes en el ‘Salvaje Oeste’ de la Argentina”. Cuadernos del Archi-
               vo 7 [2020]: 11-54), nota 52. Charata misma se desarrolla como pueblo “moderno” recién
               a partir de 1924 con un incremento poblacional casi explosivo, de modo que es muy exa-
               gerado el número de cinco mil familias. Para 1922 un folleto de la Secretaría Imperial de la
               Migración (Reichswanderungsamt) se refiere a cuatrocientos colonos alemanes en el lugar
               (mencionando ya el arribo de Ruez al Chaco). Suponiendo que la población total incluye
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