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FAMILIENCHRONIK MS. BUENOS AIRES, CHARATA, 1921-1924 105
estaba edificando. La habitación que nos asignó —y era invierno— tenía
cuatro paredes sin revocar. Carecía de ventanas, puertas y piso. El techo
estaba previsto para más adelante; desde las alturas el cielo nos miraba,
indiferente, en toda su belleza. Ya el primer día le ayudé a la patrona a su-
perar un difícil aborto. Durante su enfermedad, mi mujer se hizo cargo del
gobierno de la casa y los quehaceres domésticos a cambio de manutención
gratuita. Dios nos ayudó.
Las autoridades nos recibieron atentamente en todo sentido y me pro-
pusieron quedarme a trabajar de médico en Charata. Allí ejercía de mé-
dico o al menos se hacía pasar por tal un holandés que estaba borracho
día y noche. Un personaje de la peor calaña. Acepté la propuesta /218/ y
me quedé a vivir en la hostería. La comida y la “habitación” me costaban
un peso y medio por día, no poco considerando el mísero alojamiento y
la detestable comida. Pero los pacientes no acudían. Los alrededores de
Charata estaban prácticamente deshabitados. Me agencié un caballo por
vía de trueque —montura ya tenía— y salí a elegirme un terreno del Estado.
Aguanté tres semanas en Charata, luego le puse punto final —hoy sé que
fue una tontería— y decidí establecerme en el campo, después de vender
una pistola por 50 pesos para disponer de dinero. Lo que me indujo a dar el
paso fueron ante todo las persecuciones y calumnias malignas del médico
holandés. No tenía ganas de andar peleando con él.
Una mañana cargué mis cajones sobre una chata, el carrero unció seis
caballos a ella, até el mío a un costado y partimos alegremente al encuentro
de nuestro nuevo hogar. El campo que había elegido estaba a 10 kilómetros
de Charata. El carrero andaba y andaba. Se hicieron las tres de la tarde y el
hombre seguía avanzando en dirección al norte sin hacer caso a mis obje-
ciones. Finalmente desenfundé la pistola, se la acerqué a la sien y lo ame-
nacé con dispararle si no daba la vuelta. Ahí reaccionó. Volvimos a recorrer
la huella en sentido contrario hasta que se puso el sol —cerca de las seis—
y los caballos ya no resistían. Los desenganchamos, <comimos> y prepa-
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ramos nuestro campamento nocturno en medio de la soledad del Chaco.
Dormimos /219/ deliciosamente toda la noche. A la mañana siguiente los
caballos habían desaparecido, incluyendo el mío, que nunca recuperé. No
tenía un certificado que acreditara que era mío, porque en aquel entonces
no sabía que eso era necesario. Tomamos mate y lo acompañamos con
nuestras últimas provisiones: el pan seco del barco. En el barco, a instan-
cias de mi mujer, que decía que le daba lástima tirar este buen pan por la
borda, habíamos acumulado una bolsa llena. Luego el carrero prometió que
iría a buscar los caballos, partió y regresó cuatro semanas más tarde para
llevarse la chata. Mucho más tarde supe que el médico holandés lo había
sobornado para que nos llevase al norte con los indios o a la estepa desier-
ta, la llamada “Pampa del Infierno”, donde debía dejarnos librados a una
muerte segura. En aquel momento estábamos a 60 kilómetros de Charata.
Por suerte hallé a un puestero a 3 kilómetros de distancia. Era un mestizo
que tenía un pozo de agua dulce y hasta allí íbamos a pie para extraer el
agua. El hombre mismo con sus animales estaba ausente en aquel tiempo.
8 Aquí aparece una palabra ilegible en el texto base, completamos por el sentido. (N. de la T.)

