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           prestigio como médico fue en aumento; la gente acudía de lejos y se sumaban
           mis visitas a enfermos. A menudo volvía tan agotado que mi mujer debía ba-
           jarme del caballo porque no me daban las fuerzas para hacerlo por mí mismo.
              Como mi clientela aumentaba y la gente insistía en que me mudase más
           cerca de Charata, cedí, vendí mi propiedad por 500 pesos a un alemán re-
           cién llegado y reservé una granja que aun quedaba libre a 6 kilómetros del
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           pueblo. Fue en febrero . ¡No lo hubiese hecho!
           Marzo de 1923. El lunes a las doce murió nuestro amado hijo, nuestro
           único varón, Ludwig, como consecuencia de un accidente. Sus últimas pa-
           labras fueron: “Veo dos ángeles, mi Jesús, misericordia”.
              El día antes había llevado los caballos al bebedero como siempre. Esta
           vez montaba su burro en lugar del caballo. Otro caballo, que habíamos
           comprado dos días antes, dio una coz y le produjo ruptura de hígado. El
           accidente sucedió a las dos de la tarde. (Hoy por hoy, en 1936, cuando
           recuerdo esto, aún no lo concibo, y nunca lo superé. La herida sigue pun-
           zante, aún fresca y /224/ abierta.)
              Ludwig descansa en el cementerio de Charata, en la primera hilera pa-
           sando la calle que corre a lo largo de las vías del tren.
              Dios prodigue a nuestro amado hijo la paz eterna y lo reciba entre sus
           ángeles. Inclinémonos ante Su inescrutable voluntad.
              Cuando íbamos al entierro, el médico holandés pasó en su sulky con gran
           alboroto y vociferando: “¡Ahora el curandero alemán mató a su propio hijo!”.
              Después de la muerte de nuestro muchacho nada nos retuvo en la gran-
           ja, tan llena de dolorosos recuerdos. Dejé todo como estaba y, por 500 pe-
           sos, compré una quinta de 8 hectáreas en el pueblo mismo. Planté algodón,
           y el primer año (1923) obtuve un ingreso neto de 5.000 pesos.
              La caja de seguro por enfermedades de Charata me contrató como mé-
           dico. Esto me significó mucho trabajo y un ingreso que no estaba a la altura
           del esfuerzo que debí realizar.
              Ya en 1922 había solicitado el “permiso” —la autorización del gobier-
           no para ejercer mi profesión de médico— y presentado la documentación
           pertinente. Finalmente, el 5 de septiembre de 1923 recibí el telegrama co-
           municando que me había sido otorgado, y el 6 de octubre /225/ me fue
           entregado por la policía a cambio de un sellado de 120 pesos. Mi amigo
           el padre Holzer, un cura redentorista de Buenos Aires, aceleró un poco el
           trámite; de lo contrario habría demorado aun más .
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           tres veces esta cantidad, llegaríamos a 1.200 colonos, o sea, si incluimos a los colonos
           sin familia, unas cuatrocientas familias. En un artículo del AT del 21 de octubre de 1925 C.
           Täuber, que había visitado Charata, se refiere a cinco mil habitantes —probablemente no
           está hablando de toda Colonia General Necochea sino solo del lugar Charata—. Hablar en
           1922 de cinco mil familias parece, entonces, fantasioso. (N. de la E.)
           12    Ya se refiere a 1923, al que alude recién más abajo. (N. de la E.)
           13    En página 225 está pegada la nota al padre Holzer que se reproduce en el texto, y una
           foto de la tumba de Ludwig, con texto a mano: “Tumba de Bubi en Charata. Primera hilera
           pasando la calle (vía férrea)”. (N. de la E.)
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