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160 ROBERT KELZ
ramente un destacado intelectual en Argentina, lo que Zech enfatizó para
los lectores que quizás lo desconocían. El caso de Mallea demuestra la
convicción de Zech de que las voces latinoamericanas valían la pena y es-
taba dispuesto a luchar por su inclusión. Más allá de la cuestión inmediata
de publicar un solo artículo, Zech entendió el imperativo más amplio de las
alianzas interculturales para las instituciones y los individuos en el exilio.
Mallea fue un valioso colaborador de la revista y del propio Zech, quien
luego publicó varios artículos en La Nación y trabajó con el traductor de
Mallea, David Vogelmann
El ecuatoriano Jorge Icaza es otro buen ejemplo. Antes de comunicarse
con Rukser y Theile, Zech y su médico Juan Goldstraj ya habían traducido
la novela de Icaza, Huasipungo (1934). Huasipungo ayudó a lanzar el mo-
vimiento literario indigenista y fi nalmente le dio relevancia internacional al
autor, pero hasta ese momento solo existía en español. Desafi ante debido
al uso frecuente del idioma quechua por parte de Icaza, la traducción ele-
vó el perfi l de los pueblos indígenas de América Latina, que estaban muy
alejados de los centros urbanos de emigración. Rukser prefi rió la poesía de
Icaza, pero Zech insistió en Huasipungo e incluso escribió una semblanza
biográfi ca presentando a los lectores de los Deutsche Blätter a este escritor
ecuatoriano (Rukser-Zech: 4.7/1944).
Criticando la “abstinencia consciente de cualquier literatura realista-
social y crítica”, Hans-Albrecht Walter argumentó que Icaza estaba repre-
sentado por “un extracto que es atípico de su principal obra sociocrítica”.
Aunque tal vez no sea típico, el fragmento de dos páginas de Huasipungo,
“Gewitter in den Bergen” (Tormenta en las montañas), es una obvia alegoría
a la perniciosa explotación de los trabajadores indígenas en Ecuador por
parte de los grandes terratenientes y la Iglesia Católica. Aquejados de ma-
laria, delirantes de fi ebre, estornudos y nauseabundos, en múltiples pasa-
jes, los nativos niegan la existencia de un “dios de la iglesia”. Sin protección
contra el furor de la tormenta, los padres se desesperan por sus hijos, que
están incrustados en el barro y lloran a sus madres para que los protejan
del frío. No aparecen grandes terratenientes en el extracto de Icaza, pero
la tormenta representa claramente el asalto y la opresión humana. El verbo
“peitschen” (latigar) aparece cuatro veces, acompañado de onomatopeyas
amenazadoras de látigo: “zischen” (zumbido) y “krachen” (chasquear). “Er-
drosseln” (estrangular), “zerschunden” (magullar), “mishandeln” (abusar) y
“jagen” (cazar) engrosan el catálogo de la brutalidad personifi cada. Un alu-
vión armado de la ira del hombre: “Fäuste” (puños), “Eisenstange” (barra de
hierro), “Ohrfeigen” (bofetadas), “Rudel” (manada), “Bluthunden” (sabueso),
“Meute” (jauría) y “weisse blitzende Zähne” (dientes blancos y brillantes),
ataca a los aldeanos indefensos. La letanía de la personifi cación pone al
descubierto la malevolencia humana de esta brutalidad inhumana.
Profundizando en la crítica social de Icaza, la introducción de Zech a la
pieza advertía que los indígenas “son un objeto cortado para leña como un
árbol en el bosque, azotado como bueyes tirando de arados” . La mayoría
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de la gente no podía soportar Huasipungo, a menos que hubiera experi-
35 “Jorge Icaza,” DB XXI-XXII (1944): 66.

