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174 JENNIFER M. VALKO
No creo que mis padres hayan tenido una idea fi ja, no podían tenerla. El
hermano de mi mamá, el tío Peter, le escribió a papá un telegrama y le dijo,
“Bueno, si no tienes otra cosa, vente acá, yo te ayudo”. Peter era director
del Banco Alemán en Santiago de Chile, tenía relaciones por supuesto con
todos los terratenientes en la cordillera y además ayudaba a mis padres
con dinero también. […] Así que el único motivo para ellos era ganar algún
dinero para ver dónde se podían ubicar.
JV: ¿Y les decían algo a ustedes, los niños, sobre cuándo iban a volver a
Alemania?
MB: Nunca. No nos dijeron nada hasta que tuvimos diez o doce años. Sólo
allí decían que necesitábamos alguna institutriz. No había escuelas en nin-
guna parte, y no se les ocurrió jamás mandarnos a un colegio argentino,
jamás. Una de tus preguntas era si nosotros leíamos literatura argentina.
A mis padres no les entraba en la cabeza que podría haberla. En realidad,
había un desprecio por la población. A mis padres, sobre todo a mi mamá,
no se le ocurría que uno pudiera hablar con una persona que no hablara
alemán. No solamente alemán sino también inglés. Todo el mundo habla
inglés, ¿no? […] Nosotros vivíamos como plantitas alemanas, en un espa-
cio que no tenía absolutamente nada que ver con lo que habíamos vivido
hasta entonces. […]
JV: Como era un lugar tan aislado, era mucho más fácil mantener la cultura,
los ritos, los días festivos y, hasta cierto punto, la gastronomía.
MB: Absolutamente. Cuando llegamos a la estancia Lago Ghío, papá había
tratado de hacer una quinta, ya había plantado coles y papas, cosas que,
imagínate, allí no conocían. La gente en la Patagonia no comía papas, sino
arroz y fi deos. Por la mañana había bifes, a mediodía asado y en la noche
puchero, y nada más. Un día fi deos y el otro día arroz. Un día arroz y el otro
día puchero. ¡Y nada más! Y por supuesto, un cambio para mamá y papá
era muy difícil. Mamá no había aprendido a cocinar todavía. Algo había
aprendido en los últimos meses en Alemania, pero, claro, en Alemania la
situación era totalmente distinta. Además, ella salía muy poco después de
terminar la guerra. Alemania estaba vacía. Nosotros comíamos muy po-
bremente en aquellos tiempos. Hoy en día considero una suerte enorme
que no hayamos sido criados con grandes lujos. No echo de menos nada,
porque nunca hemos tenido mucho. Es sumamente práctico. […]
El ambiente doméstico y la gastronomía
JV: En las cartas de su madre, la preparación de la comida y las tareas do-
mésticas son temas recurrentes que marcan la gran diferencia entre su vida
en Alemania del campo patagónico. Hay varias referencias sutiles sobre la
vida que llevaba su madre en Kiel y Lübeck, las mucamas que limpiaban y
preparaban la comida, etc. ¿A qué estaba acostumbrada su madre en la casa
de su abuela en Alemania? ¿Y con qué clase social identifi caría a la familia?
MB: A tener personal. Eso de que no lo tenía en la Patagonia debe haberle
costado mucho.

