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          los cigarros finos que habían sido de mi padre. Esta situación obligó a mi madre
          a poner a Karl pupilo en el Instituto Wender. Recuerdo que la primera Navidad
          que pasamos en Weinheim, visitamos a mi hermano en el Instituto, en el que,
          en el salón más grande, habían colocado más de cien arbolitos de navidad,
          adornados e iluminados, para todos y cada uno de los estudiantes que no habían
          podido ir a su casa; esto me causó una gran impresión. Cuando regresamos a
          casa, tuve que ir a mi habitación y cuando luego mi madre me llamó, brillaba
          para mí un árbol de luces y delante de él una muñeca parada, sostenida por un
          aparato especial, vestida de blanco, con cabello natural al que se podía trenzar
          y sobre una silla una gran cantidad de hermosos vestidos para la muñeca. Mi
          alegría fue muy grande y en un primer momento creí que se trataba de una
          hermanita, así que la besé y acaricié largamente. – Agradezco eternamente a mi
          madre que me inculcó tener responsabilidad, por ejemplo si salíamos a pasear
          y mi madre descansaba en un banco leyendo, yo debía hacer una caminata de
          media hora hasta unas ruinas, ida y vuelta. Un día me encontró uno de los tíos
          Wender y me preguntó: "¿Adónde vas tan solita?", a lo que contesté: "Tengo que
          ir hasta las ruinas, esa es mi obligación"; y así yo hacía todos los días ese camino,
          porque mi madre así lo deseaba. De esta manera mi madre pudo dejarme, más
          tarde ir sola a Heidelberg a visitar a tío Gervinus. Entre Weinheim y Heidelberg
          había tres pequeñas aldeas y mi madre había hablado con los propietarios de
          los campos para que me dieran leche y pan cuando lo pidiera y que ella luego
          abonaría; de esta manera podía descansar y nunca abandoné el camino.
            Otra vez me llevó mi madre en tren a Frankfurt, a lo de tía Guillermina, hermana
          de mi padre; allí me quedé con gusto ocho días, pues tenía un enorme jardín
          donde podía cortar flores. Al cabo de estos, mi tía me puso en el tren para Hei-
          delberg, en cuya estación me haría buscar la tía Viktoria. Al llegar a la casa me
          dijo: "¿Qué hubieras hecho si no hubiera estado la muchacha esperándote?" Yo
          le contesté: "Le hubiera dicho a Hoffmann, el cochero: ‘Llévame a casa de tía’".
            De esta manera pasé una niñez feliz, que mucho me agrada recordar.
            En las visitas que nosotros hacíamos a los tíos Gervinus, intimó mi madre con
          el profesor Karl Lanz . Éste era profesor de historia en Giessen y deseaba escri-
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          bir un libro sobre Carlos V. Como él sabía que mi madre tenía dinero y que se
          interesaba mucho por la política, se acercó a ella y se comprometieron, casándose
          poco tiempo después. Cuando mi madre participó su compromiso a mi tío, dijo
          este en mi presencia (yo tenía casi nueve años): "Muschili , éste no es un hombre
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          para vos, me debías haber consultado primero, con él no vas a ser nunca feliz."




          20    Lanz era historiador y trabajó sobre el Emperador Carlos V. Rabe y Stratenwerth (1996)
          citan tres compilaciones de Karl Lanz, diciendo que las más importantes de las ediciones son
          las por Lanz realizadas: Correspondenz des Kaisers Karl V. Aus dem Kgl. Archiv und der Bibl.
          de Bourgogne zu Brüssel, 3 Bde., Leipzig 1844-1846; Staats papiere zur Geschichte Kaiser
          Karls V. Aus dem Kgl. Archiv und der Bibl. de Bourgogne in Brüssel, Stuttgart 1845; Aktens-
          tücke und Briefe zur Geschichte Kaiser Karls V. Aus dem K.K. Haus-, Hof- und Staatsarchiv zu
          Wien (Monumenta Habsburgica, hrg. von der Hist. Commission der Kaiserl. Ak.d.Wiss., 2. Abt.
          Bd. 1), Viena 1853.
          21    Muschili. Véase nota 16.
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