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24                 ALWINA PHILIPPI DE KAMMERATH



            En Viena aprendí a nadar y pronto pude hacerlo con soltura; sin embargo no
          dejé de tener un susto durante mi aprendizaje en un instituto donde enseñaban
          a nadar, en un suburbio llamado Marienhilf, a donde nos habíamos mudado. Ahí,
          mientras practicaba, crucé sin darme cuenta la línea que separaba la zona de
          peligro, y cuando me quise parar, me hundí. Una señorita se dio cuenta, gritó y
          me sacaron desmayada, por poco me ahogo. Después de seis meses nos
          mudamos a Schönbrunn y mi padrastro consiguió permiso para visitar el casti-
          llo y el parque, donde pasamos horas inolvidables.
            Por aquel entonces en Viena se hablaba casi exclusivamente francés en los
          círculos sociales, por eso Lanz contrató una gobernanta francesa para que me
          enseñara; además antes de ir a la biblioteca me daba lecciones de historia, lo
          que mucho me agradaba, pero que cansó tanto mi cabeza que el médico pro-
          hibió que fuera a la escuela. Así pude ir más al parque con mis hermanitos, que
          estaban muy encariñados conmigo, y con la niñera y la gobernanta.
            De Viena fuimos a Venecia. Eso era hermoso. Con mi madre visitábamos las
          iglesias donde vimos los hermosos cuadros y mosaicos, especialmente en la de
          San Marcos. Vimos la más bella pintura que uno pueda imaginarse: La Ascención
          de la Virgen, en tamaño natural. En el Palacio de los Dogos estaba la biblioteca
          más grande del mundo, donde Lanz continuaba con sus averiguaciones. Noso-
          tros vivíamos en Judeca y todos los días tenía Lanz que cruzar el Gran Canal en
          góndola. En Venecia no había personal doméstico femenino, así que nosotros
          teníamos un cocinero y un muchacho que cuidaba a los chicos; con éste salía-
          mos a pasear. Recuerdo una vez que pasaron dos personas a nuestro lado y
          uno dijo: "¡Ah, qué Madonna!" Días después, vino el muchacho a decirme que
          mi madre me esperaba en cierto lugar; yo fui y me encontré con dos pintores,
          quienes me dijeron que mi madre llegaría en seguida. Después de una larga
          espera me levanté para irme y vi con sorpresa que los dos pintores me habían
          dibujado. Tiempo después, cuando estuvimos en Florencia, vimos entre muchas
          otras pinturas, mi retrato como Madonna y premiado .
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            Frecuentaba nuestra casa un profesor alemán llamado Wolf, que veía cómo
          yo me preocupaba por mis hermanitos. Una noche pidió a mi madre mi mano y
          ésta comenzó a reírse; el sugirió que podía esperar dos o tres años si mi madre
          pensaba que era muy joven, entonces ella le preguntó cuántos años me daba,
          ya que yo no tenía todavía 11 años. Mi madre era bajita y yo mucho más alta que
          ella, y como era tan seria me tomaban por mayor.
            Venecia era puerto libre, así que pudimos comprar telas muy finas y baratas
          con las que mi madre me hizo confeccionar hermosos vestidos que, cuando fui
          a lo de tía Gervinus me ocasionaban algún disgusto.
            Cuando Lanz terminó sus trabajos en Venecia, volvimos a Múnich. Aquí mi madre
          estuvo en un sanatorio y cuando regresó a casa traía un bebé y me dijo: "Yo ya soy
          vieja, te lo regalo", lo que me llenó de felicidad. Días después mi madre me envió a
          la confitería que estaba frente a casa; yo en mi alegría dije a la señora Kieser: "Soy
          muy feliz, he recibido un bebé", y la mujer extrañada me dijo: "Señorita Lanz, ¿es


          24    Se conserva un retrato de Alwina cuando ya era mayor. Imposible buscar el cuadro al que
          se refiere sin conocer su aspecto de adolescente.
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