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RECUERDOS DE MI NIÑEZ Y JUVENTUD 29
socios. Además me dijo que había un vapor que podría llevar los muebles a Porto
Alegre, ya que allí solo se conseguían muebles muy ordinarios, hechos por los
esclavos. Que si yo disponía de dinero, comprara éstos y que bien embalados
los enviara a Hamburgo, desde donde, sin cobrarme nada, me los mandaría a
Brasil. "Si Ud. viene, también me alegraré mucho, pues así viajará con Ud. mi
única hermana." Así fue que le pedí a la señora del Mayor Rauch, una amiga de
mi madre, que me ayudara en la elección de los muebles, lo que hizo con todo
gusto. Mi madre me había regalado un hermoso piano de cola, un Streicher
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de tres pedales, y del cual había solo tres ejemplares. Hice hacer un gran cajón
para el piano y lo rellenamos con ropa y otros muebles; luego lo enviamos a
Hamburgo. Wiedemann se alegró mucho de mi decisión de viajar y reservó tres
pasajes en un barco conocido, uno para su hermana Berta, para Sofía, la novia
de Karl y para mí. Berta y yo nos hicimos muy amigas y nos alegramos al pensar
que podríamos continuar después con nuestra amistad. Desgraciadamente no
fue así; el porqué lo contaré luego.
El viaje demoró 23 días y tuvimos tiempo agradable, lindos días, pero también
sufrimos un huracán. En esa ocasión el capitán golpeó a nuestra puerta y nos
dijo que tomáramos todo lo que teníamos de valor y que estuviéramos listas
para subir a un bote salvavidas, que ya estaban preparados, por las dudas que
no pudiéramos pasar un escollo peligroso. Berta y yo obedecimos las órdenes,
mientras que Sofía gritaba y lloraba diciendo: "Si hubiera sabido, no hubiera
viajado". A mí estas expresiones me resultaron muy dolorosas, sobre todo por-
que no se podía remediar la situación. Por suerte muy pronto pudimos tranqui-
lizarnos al decirnos que el peligro había pasado; así pudimos continuar con
nuestro viaje llegando felizmente a Río Grande do Sul.
Con muchas ilusiones y esperanzas veía yo el futuro en mi nuevo país, pero,
desgraciadamente, se cumplieron muy pocas. El destino marcó con una tiza
muy dura mi camino en la vida.
El primer desengaño lo viví cuando al llegar a Río Grande do Sul no estaba
esperándome Luis, pero sí mi madre, con la ropa descuidada y toda su persona
muy abandonada, la que me saludó con la pregunta: "¿Trajiste dinero?" La seño-
rita Wiedemann fue llevada por un empleado de su hermano a un hotel. Mi madre
nos llevó a Sofía y a mí a casa de un zapatero remendón, donde había alquilado
por unos días una pequeña pieza oscura. Al ver a mi madre en ese estado
hubiera deseado arrojarme al océano. Berta Wiedemann se despidió de mí y
me pidió que le escribiera contándole cómo me iba. Pasamos la noche en lo del
zapatero y al día siguiente llegó Karl. Sofía y él se casaron ese día en el Consu-
lado Alemán. Mi madre, que no tenía ningún conocimiento sobre la gente y que
procedía de otra escala social, se había dejado convencer de colocar su fortuna
35 Andreas Streicher (1761-1833) y su mujer, Nanette Stein (1769-1833; empresaria en fabri-
cación de pianos, que trabajó primero con su hermano y luego, con su marido y su hijo), a
partir de 1802 tuvieron en Viena una fábrica de pianos, luego continuada por su hijo Johann
Babtist Streicher (1796-1871). Muchos nobles y burgueses encargaron su piano en el taller de
los Streicher. La Escuela de Viena de fabricación de pianos era propensa a experimentos para
ampliar el registro o la capacidad sonora de los instrumentos – los tres pedales que se men-
cionan podrían tener que ver con esta tendencia a innovar.

